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lunes, 7 de noviembre de 2011

Amigos


–¿Otra vez esa cara? ¿Qué piensas ahora? –preguntó Javier, bastante acostumbrado a aquella expresión.

Dani estaba cabizbajo, con la mirada perdida.


–Estoy harto, tío. Otra vez uno de estos días en los que el dolor te martillea sin descanso... ¿Sabes a qué me refiero? No te pasa nada concreto, pero al mismo tiempo duele, y el desconsuelo crece y aumenta cuantas menos razones encuentras para su existencia...

» Sé que es fugaz... No dura tanto... Un día te despiertas y de nuevo están las ganas, la ilusión de empezar... y todo vuelve a ser normal, entonces, ¿no es inútil tanta aflicción? Y si lo es, ¿acaso resta eso intensidad al sentimiento?...

» A veces me asusto pensando que una desgracia mayor me ayudaría a poner las cosas en su sitio, darle su justa medida..., como si quisiera que algo malo ocurriera...

–Vamos a ver, Daniel –Javier siempre pronunciaba su nombre completo cuando le hablaba tan en serio–, tienes que pensar en positivo, ya sabes eso que dicen: “todo sucede por alguna razón”.

–Pero ¿qué coño me estás diciendo? No me vengas tú también con esas. ¿Para qué demonios sirve esto? Yo sé que las dificultades ayudan a superarnos, que nada es fácil, ¿cómo no voy a saberlo si nunca lo ha sido para mí? Pero esto es diferente... esto machaca, martillea mi jodida cabeza y no consigo econtrar la salida... Te juro que lo daría todo por sentirme por un minuto tranquilo, en paz conmigo mismo, por que se encendiera una linternita y me alumbrara el camino...

–Las luces no se encienden porque sí, chaval, somos nosotros los que pulsamos el dichoso botoncito... ¿Que no sabes dónde está? En eso consiste el juego, tío. Yo siempre estaré aquí para ayudarte a buscarlo.

Javier sonrió con esa preciosa expresión que tienen las personas carismáticas, aquellas que naturalmente ven lo positivo en cualquier situación, los buenos amigos de sus amigos...

Dani lo miró y sintió un profundo afecto. Siempre que se encontraba tan mal, tenerle cerca..., aunque no hablaran, aliviaba enormemente su dolor, ¡le quería, vaya si le quería...! Aunque eso nunca se lo había dicho, ni se lo diría, ¿hacía falta?

Le dio una palmada en el hombro amagando un abrazo y sin mediar palabra se dirigieron al bar de Antonio. Cuando se tomaran ese par de botellines, el dolor sería algo más leve, aunque eso Dani jamás lo reconocería, ¡tenía que mantener aquella imagen de bohemio pesimista! Después de todo, solo él sabía en qué consistía aquel dolor apasionado, que no lo era menos por ser fugaz...

Gracias por la foto a la galería de Mavi (Flickr).

viernes, 8 de julio de 2011

El abrazo del agua

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Contemplaba el río, a veces tranquilo, pausado su fluir, otras, en cambio, agitado por un viento que predecía mareas, que anunciaba lluvia de hojas sobre nuestras cabezas...

Observaba un agua expuesta a la naturaleza, a lo que quisieran hacer con ella los fenómenos atmosféricos, sin poder saber al amanecer cuál sería su estado cuando el sol se durmiera.

Me acercaba al agua e intentaba atraparla con mis manos, pero se escabullía burlona, como la amada que siente certeza del amor que le profesan y juega, a huir, sin perder lo que desea.

Reflexionaba sobre el ciclo del agua. La evaporación que la hace desaparecer, para cargar una gran nube y volver a iniciar su andadura. Si el agua pudiera sentir..., ¡qué sensación atraparían sus ficticias entrañas al sentirse llamada a un no sé qué desconocido, al sentir que deja de ser sin saber qué va a pasar, sin conocer que no es más que una parada para recuperar fuerzas y recomenzar!

Y mientas, pensaba también sobre la felicidad. Un estado, como el río, existiendo para fluir constantemente, para desembocar en el mar donde todo acaba. Cuando está quieta y serena nos refresca, incluso a veces llega a limpiarnos, arrastrar hojarascas e invadirnos de pureza. Pero no sabemos nunca cuánto tiempo se mantendrá. ¡Sí! Su fluir es constante... desaparece, evaporada hacia el abismo, dejándonos la incertidumbre de qué vendrá, qué nuevo ciclo tendremos que iniciar, expuestos, sin control a lo que la naturaleza nos pide.

Una vez, hace ya tiempo, también yo experimenté una gran felicidad. El bienestar me inundaba y desbordaba constantemente. Era tan alto el nivel que me costaba tocar el suelo con los pies y temía perder el equilibrio. Creí tenerlo todo, creí poder atraparla y convencido de mi suerte, un estúpido día estiré mis extremidades dispuesto a dar el abrazo intenso que pretende acaparar lo que se quiere. Pero cuanta más fuerza entregaba en el abrazo, con mayor rapidez se escapaba cuanto tenía. ¡Sí! Una vez más cambió la marea, llegó el revuelo, todo volvió a transformarse y sentía que también yo, inevitablemente, me iba allá donde el viento quería.

Aquel día supe que era inútil pretender darle un abrazo al agua.


Berta Carmona (escrito en 2005)

viernes, 29 de abril de 2011

Origami

Sí, lo confieso, otra vez he convertido las palabras en hojas de papel y tras horas trabajando me ha salido un avioncito. Lo lancé a volar y me metí en él de un salto. Lo siento, en días como hoy no me quedaba otra escapatoria.

Ilustración: Leila Flores http://www.flickr.com/photos/leila1007/with/3523533962/

miércoles, 26 de enero de 2011

Primer llanto

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Nunca imaginé que el llanto fuera más analgésico que el amor de mi pareja; más anestésico que la epidural; más consolador que el fuerte abrazo de mi madre. Su primer llanto.

martes, 25 de enero de 2011

Él y ella

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—Juro que hoy no lo llevaré conmigo, tengo que arrebatarlo de mi cabeza, tirarlo, dejarlo abandonado en algún lugar que no interfiera en mi camino.....—decía él mientras caminaba por esas calles que, en otoño, se disfrazan de copas de árboles.

—Prometo que hoy no estarás conmigo..., te arrancaré, te cortaré hasta dividirte en partículas tan pequeñas que jamás puedan recomponerse... —musitaba ella con una energía que se debilitaba en cada intento.

Son las diez de la mañana. Él y ella acaban de encontrarse en la habitación en la que se aman cada miércoles, durante esos encuentros frugales....
Se devoran sofocando el deseo retenido durante días, pero en el instante culminante, en el punto álgido del placer, advierten una vez más que el espejo que refleja sus almas vuelve a estar cubierto por ese suave, pero opaco tejido gris que él había jurado, prometido ella, abandonar para siempre.

Insatisfechos por no haber podido derribar sus propias máscaras, se besan mientras la pared tras ellos se torna gris plomizo, presagiando la imparable caída al abismo que comienza cada semana cuando la atraviesan.

Berta Carmona
08/11/2009

Un país llamado felicidad

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Hace mucho, mucho tiempo, existía un país llamado Felicidad.

En el país Felicidad reinaba la Actitud Positiva, que había establecido un sistema de gobierno muy preciso, apoyado en una constitución que recibía el nombre de Valores, y estructurado en diferentes niveles, cada uno de los cuales tenía adjudicadas ciertas funciones que debía ejecutar sobre el nivel inmediatamente posterior.

Así, la Actitud dictaba órdenes basadas en Valores y en el optimismo a la corte de los pensamientos, quienes cultivados en la sabiduría y la filosofía, y haciendo uso de la justicia, llamaban inmediatamente a los sentimientos positivos. Estos trabajaban siempre unidos con las emociones positivas, y ordenaban directamente sobre el comportamiento, situado en el nivel inferior, donde se llevaba a cabo el trabajo duro.

El índice de visitantes amigos que recibía el país Felicidad era de los mayores conocidos jamás, atraídos por el buen servicio ofrecido con generosidad, altruismo, amistad, amor…, y por el intenso sol de la ilusión, que contagiaba fácilmente a quien allí se acercaba. En el país Felicidad no existían fronteras ni controles, todo el mundo podía acceder para disfrutar del bienestar de este lugar idílico.

Sin embargo, el infortunio hizo que en una ocasión, quienes parecían turistas atraídos por los muchos encantos de Felicidad, resultaran ser invasores que trajeron consigo la tragedia, matando ilusiones y aniquilando pensamientos positivos. Fue así como la Actitud Negativa se hizo con el poder y obligó a los pensamientos a ser injustos, creando emociones llenas de ira, rabia y tristeza, y convirtiendo todo comportamiento en despótico y cruel.

El sol dejó de brillar, el verde intenso se secó y el país Tristeza se llenó de fronteras inútiles porque ya nadie quería entrar. De este modo fue aislándose y quedándose solo, rodeado por muros de mezquindad y amargura. Y así fue como la actitud negativa cambió la historia de un país llamado Felicidad…














El hechizo de la palabra

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Cuenta una vieja leyenda mitológica, que en el principio de los tiempos, los dioses estaban observando al hombre y advirtieron que el hombre estaba lleno de cosas buenas: poder para pensar y comprender la realidad de forma racional, posibilidad de amar y experimentar emociones y sentimientos, capacidad de espiritualidad que le permitía reconocer su parte de divinidad, etc. Pero observando y observando, se dieron cuenta que todo esto maravilloso que admiraban en el hombre se encontraba en su interior, en lo más profundo, y era difícil que lo compartieran con quienes convivían. Entonces los dioses se pusieron a experimentar, un poco de aquí, un poco de allá, y recurriendo a sus fórmulas mágicas y poderes divinos descubrieron un conjuro mágico, un hechizo que permitiría a los hombres sacar al exterior todo lo que eran: el hechizo de la palabra.

De este modo, la palabra adquirió poder para determinar la realidad y recibió también un poder de comunicación infinito: comunicación de sentimientos, de conocimiento, de emociones… y así la palabra fue capaz de expresar desde el odio más acérrimo hasta el amor más absoluto, de la simpatía más afable al rencor más despreciable..., ayudando al hombre a desahogar su sufrimiento. Y la palabra permitió a los hombres expresarse, vivir en grupo e instaurar los principios de una sociedad. Y más tarde descubrieron la palabra escrita, y con el paso de los siglos y los avances experimentados, se consiguieron métodos maravillosos para la difusión, y entonces la palabra adquirió también el poder de transformar la cultura. Y aparecieron unos objetos, llenos de palabras, que permitieron al hombre descubrir mundos que nunca hubiera conocido de otro modo y refugiarse en la fantasía y la imaginación de una realidad que no era la suya, y fue así como los libros permitieron al hombre llegar a fuentes de conocimiento que, gracias a la magia de la palabra, se habían conservado desde el principio de los tiempos.

Y la palabra transformó el amor y la amistad, porque el amor necesita a la palabra, y así los enamorados se hechizaron por esta y empezaron a necesitar continuamente oír un "te quiero". Y se refugiaron en las cartas y las largas horas de conversación y muchos en poemas que, aunque a veces torpes desde su percepción literaria, resumían sentimientos maravillosos.

Pero el hechizo de la palabra no podía ser perfecto en sí mismo, y los dioses dejaron a la elección del hombre la forma de utilización. Y hubo quien permitió que los sentimientos negativos la secuestraran, lanzando con ellas puñales de odio, armas peligrosas que hacían heridas incurables. Y hubo quien aprendió el arte de la manipulación a través de la palabra, y creaban realidades falsas que intentaban hacer creer a los demás, distorsionando percepciones y dañando corazones.

Y la palabra, que había sido dotada con una fuerza irresistible para transmitir ideales, fue usada por muchos humanistas, predicadores y profetas, que difundieron valores llenos de amor, paz y esperanza. Pero llegaron los políticos corruptos y los gobernantes tiranos y utilizaron la palabra para sembrar en masas ingentes de población ideales perniciosos que impulsaban a guerras absurdas, matanzas atroces y actos de terrorismo que repartían sangre y muerte sin discriminación.

Esta historia sobre el hechizo de la palabra, me la regaló mi fiel amigo y compañero, Javier, en el verano del 86. Él insistió en que se tropezó con un papel en la que estaba escrita, un día que venía de jugar al baloncesto y que desde entonces no pudo dejar de amar la palabra. Decía que la historia parecía contener un hechizo capaz de transformar a quien la leía. Yo nunca me lo creí, pero la verdad es que Javier se hizo periodista, preside una asociación para la ética en el periodismo y triunfó como escritor con varios bestsellers traducidos en diferentes idiomas, muchos de ellos relacionados con temas de “comunicación y poder”. Él verdaderamente amaba la palabra.

El pastel de la amistad

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INGREDIENTES: autoconocimiento, carácter sólido, sencillez, nobleza, paciencia, generosidad, comprensión, respeto, capacidad de entrega, disposición a la escucha, amabilidad, solidaridad y amor, mucho amor.

DIFICULTAD: alta. La elaboración es muy difícil, en ocasiones sólo salen bien una o dos recetas a lo largo de una vida de elaboración.

TIEMPO DE COCCIÓN: toda una vida.

HABILIDADES: constancia, esfuerzo y voluntad.

MEDIOS TÉCNICOS: un corazón enorme, el más grande que se pueda conseguir.

Asegúrese de tener siempre a mano una buena base de amor. Mucho antes de querer consumir este pastel, debe conseguirse una masa perfecta entre el carácter sólido y el autoconocimiento y dejarla fermentar hasta que tenga buena consistencia. A continuación se prepara una crema homogénea con todos los ingredientes antes detallados: la generosidad, la escucha, la entrega, la amabilidad, solidaridad, etc. El pastel se va formando a capas: masa base en el fondo, relleno de crema y capa de amor, así cuantas veces sea necesario para completar el molde. Aderezar con una pizca de simpatía y humor.

Una vez preparado, dejar cocer en el corazón a fuego lento. La cocción de la amistad nunca es demasiada y su preparación no tiene fin. Intente cortarlo en las porciones más grandes que le sean posible, para que llegue al máximo de comensales, pero siempre use un criterio justo y sabio para su distribución. Nada más, ¡a disfrutar!, un pastel de la amistad bien elaborado deja uno de los sabores más dulces que se puedan experimentar en la vida.

lunes, 25 de octubre de 2010

Gotas de lluvia

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El cielo estaba negro, las nubes tan apelmazadas que apenas dejaban pasar un rayo de sol, y yo estaba sentado en mi viejo sillón, en mi apacible casa de campo, navegando por el mar de mis recuerdos. Empezó a llover y parecía que todo el agua del planeta se hubiera concentrado frente a mi ventana, cayendo sin cesar, durante horas, de forma torrencial.

Siempre me gustaron los días lluviosos por la capacidad que tenían de liberar toda mi sensibilidad y ayudarme a percibir los más bellos detalles de la existencia. Y así, dejé sobre la mesa el viejo libro que siempre releía y me concentré en disfrutar la caída de la lluvia en mi cristal.

Pasaron horas, pero creo que no fui consciente del tiempo, no al menos hasta que la lluvia paró  y el cielo empezó a transformarse en mil colores. Apareció el arcoiris con su fórmula mágica que siempre sorprende, y la claridad de algunas nubes que venían formaba un paisaje bellísimo de diferentes tonalidades.

Hacía ya más de media hora que no había caído ni una gota de agua y entonces fue cuando la vi a ella, se deslizaba temerosa y frágilmente, quizá con miedo a llegar cuando todas las demás se habían ido; quizá con recelo a parecer diferente, aparecer por separado, tal vez, con preocupación de no haber llegado a tiempo. De esta forma, sin haber avisado previamente, fue recorriendo lentamente su camino, alcanzando su meta bastante después que las demás. Tal vez ella se creía distinta, incluso peor, pero sin embargo para mí fue la más especial, la que me dio la posibilidad de pensar en la esencia del agua, en su recorrido... ¿De dónde había salido esa gota tardía? ¿De una teja mal situada en el techo de la casa? ¿Del tambor de la persiana, quizá? ¿Del marco de la ventana? Cuando la vi, estaba concentrada en un solo lugar, quieta, inmóvil, tal vez estuvo a punto de arrepentirse de continuar su recorrido, sólo tuvo que pararse y esperar a que la fuerza del sol la consumiera, pero decidió seguir y dividirse en minúsculas partes que trazaron un hermoso trayecto irregular ante mis ojos.

De repente, en esa sencilla observación de la naturaleza fue cuando surgió en mí una extraña sensación de arrepentimiento. Toda la vida intentando caminar con rapidez, acompañado de la mayoría, del grupo, preocupado por la velocidad, por alcanzar pronto las metas. Toda la vida atosigado por la torrencialidad de los hechos. Nunca me atreví a hacer nada que se saliera de la norma, no quería ser diferente, y ahora, en un detalle tan simple como la caída de una gota de agua, me daba cuenta de que precisamente lo diferente era lo especial. Advertí que quien rompía los esquemas habituales se hacía más importante a los ojos de quien observa. Aprendí o quizá comprendí lo que aprendí hacía años, en unos pocos minutos, que la magia de la vida, como en el arcoiris, se produce cuando se unen dos fenómenos muy contrarios. Yo, que nunca me había arrepentido de nada de lo que había hecho, me arrepentí de pronto del sinfín de cosas que había dejado de hacer.

Entonces supe que tal vez tenía que haber usado más ropa de colores, probado más sabores exóticos y olido flores en primavera. Entendí que tendría que haber disfrutado más de la música, liberado mis sentidos ante ella y haber dejado bailar a mi espíritu al ritmo de mis pies. Supe que cada vez que me había dejado llevar por la inmovilidad de la rutina, había dejado morir una parte de mí, porque estar muerto es estar quieto y vivir es todo lo contrario. Me di cuenta de que tendría que haber decorado las paredes de mi casa y mi despacho con más alegría, que debía haber dejado de veranear cuarenta años en el mismo pueblo playero y haber conocido más maravillas del mundo, más lugares escondidos en los que la mano de la Naturaleza talló sus mejores obras de arte.

Es curioso todo lo que he descubierto por la caída de la lluvia frente a mi viejo sofá.

Foto compartida bajo licencia de Creative Commons, gracias a la galería de flickr de anieto2k

Los gritos del dolor

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Desgarrador, agudo, pavoroso... Eran las siete de la mañana, casi todos dormían acunados por el silencio y de pronto se oyó un grito, desgarrador, agudo, pavoroso..., que me abrió de par en par las puertas al abismo.

No sabía de qué se trataba, ni siquiera de qué lugar exacto procedía aquel terrorífico sonido, pero entró por mis oídos haciendo añicos mi parte más sensible.
¿Qué se escondería tras ese grito? Dolor desesperado ante la enfermedad, vacío tras alguna pérdida importante, frustración, desesperación, anhelos, amor no correspondido... ¡Sufrimiento, en definitiva!

Pasaba ya la madrugada y volví a escuchar ese sonido. Esta vez conocía su procedencia, había sólo una pared de por medio, una pared que separaba mi llanto amargo, silencioso,  sofocado en un pañuelo, de aquel quejido inconsolable. Era un hospital desolador, viejo, pequeños insectos recorrían las paredes… La había perdido para siempre, ya nunca más vería aquel rostro blanquecino y escuálido ruborizarse al caer la tarde, o sonreír tímidamente, como ella lo hacía... Pero ¿y ese grito? ¿Qué escondería ese grito? Quise no saber más, después de todo, mi pecho apenas contenía mi dolor, ¿cómo hacerme cargo de lo ajeno?

¡Cuántos gritos de dolor pasan desapercibidos! A veces se amortiguan tras los muros, a veces rebotan en puertas, fronteras de tierra, estrechos trozos de mar o de océano. A veces nos basta con girar un poco la espalda, mirar hacia otro lado, quizá un poco de música, volumen alto y el grito se desvanece con el mismo ímpetu que se inició. A veces el lamento ni siquiera llega a oírse, bien porque quien desea expresar el sufrimiento ha aprendido a callarlo, bien porque grita sin voz.

Miradas

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Estaba parado, sentado, en el lugar de siempre, a la hora habitual. Leía los documentos que trataba de memorizar, haciendo una sola parada para mirar hacia mi ombligo, pensando en mis circunstancias y regodeándome en mis desdichas. En ese momento una persona pasó por delante mía. Podía ser una persona cualquiera, puesto que él y yo nunca habíamos intimado, no había entre nosotros nada que pudiera hacerle especial o diferente para mí, pero la verdad es que no era una persona cualquiera. Podía ser simplemente uno más de los muchos que pasan por mi campo de visión a lo largo del día, pero su presencia no me causó la molestia que normalmente me causaba quien rompía mi concentración, a veces en la nada.

Me fijé en su mirada, cosa que no solía hacer... "Procura no fijarte en las miradas, hijo, a veces dicen cosas que cambian el transcurso de nuestra vida para siempre. Tú ve a lo práctico, y no te desconcentres de tu objetivo", me habían repetido tantas veces esta frase en mi infancia que realmente había calado hondo. Y vi en la mirada de esa persona una tristeza hiriente, una desolación infinita, un profundo desgaste... En ese momento quise levantarme y preguntarle qué provocaba esa expresión de su rostro, quise saber más de él y de la historia que llevaba vivida, pero no supe hacerlo. Se me daba muy bien aprobar exámenes, ascender puestos, pero creo que lo mío no eran las personas.

A partir de ese día, cada vez que pasaba cerca mía, le miraba la mirada. Ya no me daba miedo, al menos no con él. Nuestra relación se reducía directamente a eso, a un auténtico juego de miradas. Un día el miedo me sacudió por completo, porque al pasar por delante, su mirada me pidió un consejo. Tal vez, y a pesar de nuestras parejas y nuestras vidas aparentemente tan llenas y ocupadas, él estaba tan solo en el mundo como yo. Quizá no era tan importante como yo lo veía, no estaba tan por encima, y yo había dejado siempre que todas esas diferencias inútiles separaran nuestros caminos. Me conmocionó pensar en su sufrimiento, quería acercarme, quería ofrecerle mi ayuda, pero  ¡era tan difícil!

Fue aquel miércoles gris... Todo empezó con una sonrisa, muy leve, temerosa, porque la verdad es que tampoco sonreír se me daba del todo bien. Por primera vez le hablé con palabras reales, le dije que mi mundo estaba reventado, roto en pedazos, que había crecido sobre cimientos cargados de errores. No sé por qué lo hice, porque no me gustaba hablar de mí, pero intuí que el empezar yo le impulsaría a continuar. Efectivamente mi confesión le hizo desahogarse, soltar toda la desgracia que llevaba congelada en una lágrima que nunca salía. Conversamos, no nos dimos consejos porque ninguno de los dos nos sentíamos capaces de ello, tal vez ennoblecíamos demasiado el significado de esa palabra… Pasaron los días y nos acostumbramos a hablar, no siempre tratábamos temas profundos, había heridas tan frescas que temíamos rozar, pero el simple hecho de compartir opiniones, visiones distintas de una misma realidad, representaba para nosotros el consuelo que necesitábamos en ese momento, el alivio que aligeraba la carga que nos aplastaba.

Yo estaba parado, sentado, en el lugar de siempre, a la hora habitual. Tenía un mal día, pero pasó él con su mirada cargada de ilusión y alegría, y mi jornada se iluminó. Me quedé pensando cómo en tan poco tiempo había pasado de ignorar la presencia de alguien a llenar mi vida con ella. Quizá eso era algo de lo que hablaban tanto los muchos libros que había leído, quizá eso era la amistad.

Un paseo por las Ramblas

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Había amanecido un día muy oscuro, de esos en los que las nubes grises descienden del cielo para confundirse con calles y edificios, y allí estaba yo, caminando por mi avenida preferida, luchando contra la multitud que competía por alcanzar un soplo de aire.

Me crucé con una chica rubia oxigenada, de aspecto escuálido que intentaba contrarrestar su falta de atractivo femenino con una vestimenta llamativa y exageradamente provocativa. Seguí avanzando y me pegó con su muleta un anciano señor que intentaba llegar al banco más cercano arrastrando los gruesos tobillos asfixiados por la enfermedad circulatoria que propiciaba sus torpes andares. En el otro extremo de la avenida pareció fijarse en mí un chico alto y elegante, que caminaba con una seguridad aplastante, pero que comunicaba con su mirada los miedos comunes a la humanidad, a pesar de los trajes de marca y los maletines de piel de la buena. Me entretuve un rato en un puesto de flores, y cuando proseguí, pude observar a una chica muy joven, de rostro bellísimo y larga cabellera negra, que miraba su teléfono móvil mientras sus mejillas eran recorridas por esas lágrimas que saben a ausencia, a lejanía del ser amado…

En esa época salía a menudo a pasear por la Rambla, por el simple hecho de caminar y observar el mundo que existía más allá de mis cuatro paredes, físicas y mentales. Solía hacerlo sobre todo esos días en los que el sol se quedaba durmiendo y la falta de luz apagaba todas mis energías, dejando resurgir fantasmas del pasado y lejanos complejos de la infancia.

Siempre me gustó observar a las personas. Esa mañana vi chicos jóvenes que intentaban absorber el mundo con la explosión de energía adolescente; ancianos que no habían podido guardar sus nostalgias y soledades en los cajones de las mesillas de noche; adultos bajos, altos, de pelos cortos, largos, rubios o pelirrojos. Rostros hermosos y pieles comidas por el acné; cuerpos esbeltos y gorduras descuidadas; ojos que sonreían y labios que lloraban sin lágrimas; andares resueltos y torpes desplazamientos; cuerpos cubiertos con elegantes vestimentas y ropas humildes que reflejaban frágiles economías. Vi parejas abrazadas, extranjeros que mostraban su arte en puestecillos improvisados, mimos que sonreían a quien le agradecía su simpatía con una moneda, enamorados que se robaban besos en cualquier esquina. Me crucé con el señor de la mirada perdida cual sus propios tirantes, con la chica en la silla de ruedas, con la madre con sus lindos gemelos…

Esa mañana había despertado ahogada por los miedos inconfesables que los adultos deben dejar entre las mantas. Me sentía la mujer más desdichada de la tierra, odiaba el saludo que me ofrecía el espejo, rechazaba mi cuerpo y me atosigaba con reproches sin compasión. Pero salí a la calle y allí me encontré con el anciano de las piernas enfermas; con la chica rubia que todos miraban con ojos burlones; con la mirada del apuesto joven que, contra su voluntad y expectativas, me había transmitido sus debilidades ocultas... Todos ellos despertaron mi respeto y ternura por la humanidad y deseé poder evocar yo también ese sentimiento a algún paseante anónimo. Una vez más, me había dado cuenta de que en el Universo existen millones de personas diferentes, no por más hermosos o menos, mejores ni peores, todas merecedoras del mismo sol que brilla, de la misma lluvia que refresca la tierra y de la misma energía que despierta los corazones. De una u otra forma comprendí, que una vez más, ninguno de mis estúpidos complejos podían ya tener sentido.




El sueño de un agua corriente

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Yo no era más que un agua corriente, encerrada en la existencia monótona de una vieja tubería, en una casa deshabitada, medio en ruinas. Mi destino era un suplicio, agonizante y con miedo a acabar envenenada por el olor a cobre oxidado, o devorada por algunos insectos que acunaban a sus crías con mi manto de humedad. Pero... a pesar de mis circunstancias, nunca dejé que el sufrimiento ahogara mis sueños, y utilizaba los bellos recuerdos de tiempos pasados como arma propulsora para alcanzar un futuro mejor. Después de todo, siempre había oído que el éxito era cuestión de actitud.

Me acordaba de esa época brillante en la que rocé el esplendor con el mar Mediterráneo, viendo nacer a sus orillas grandes civilizaciones y sintiéndome recogida en la poesía musical de un importante autor español. Cuando estaba más triste y agotada, retrocedía a cuando era jovencita y trabajé como lágrima, acompañando a muchas personas cuyas victorias, curiosidades, pasiones y locuras, provocaban tantas emociones que no podían contener en el alma. Menos podía olvidar cuando fui Rocío y aunque madrugaba mucho por las mañanas, me daban los buenos días las flores y refrescaba la cara del sol que despertaba. Esos eran buenos tiempos y ahora, ahora no era más que un agua corriente.

Un día que amenazaba con ser como otro cualquiera, descubrí lo que podría ser mi salvación: una pequeña ranura en la tubería. Ya sólo hacía falta conseguir fuerzas suficientes para sublevarme y provocar con mi revolución un salidero mayor. Concentré mis energías y pluff, la retención contenida durante años de inactividad y el sabor de la libertad tan cercana, actuaron de cómplices para alcanzar mi meta. Llegué al suelo de la cocina, lentamente fui encontrando los espacios abiertos… nunca me había sentido tan suelta y empecé a correr con ímpetu, con pasión. Horas después había conseguido traspasar mi primera frontera, la puerta de entrada, ¡¡¡pronto alcanzaría la calle!!!. Una vez en el exterior, vi a lo lejos un charquito que alguien había formado al regar, me acerqué y allí me quedé paralizada, con la felicidad inseguridad que produce conseguir un reto que se ha deseado durante años. Mantuve la calma y al poco tiempo, mi sueño estaba culminado, mi victoria llegaba con la rápida evaporación.

Así fue como llegué a aquella nube, que descargó en un lugar muy curioso de la sierra de Cazorla, dejándome incorporar a un río frío y caudaloso. Estoy fluyendo con él, no sé cómo se llama pero es hermoso, acabo de dejar a mi derecha una torre que parece dorada, y otra mucho más alta que se ve a lo lejos, con una veleta de bronce en su parte superior. Al frente veo el puente más hermoso que nunca haya atravesado, y un barrio muy castizo. Soy realmente feliz. He conseguido mi sueño!!!
 

domingo, 24 de octubre de 2010

Contrastes

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Sus besos eran de cine; sus golpes, de informativo.

El misterio de los golpecitos nocturnos

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Cuando vivíamos en el núcleo residencial La Esperanza teníamos un vecino cuya presencia y estilo de vida siempre nos llamó profundamente la atención. A sus más de ochenta años, su rostro reflejaba un espíritu joven y su cuerpo era ágil y flexible... Se comentaba que había trabajado veinte años como cooperante en distintos países en vías de desarrollo y ahora presidía una ONG dedicada a recaudar fondos para ayudar a personas con enfermedades mentales y apoyar a sus cuidadores. Su aspecto era pulcrísimo, pero siempre vestía con la misma ropa, de estilo deportivo y serigrafiada con el logotipo de su organización. Todo era admirable en ese hombre, todo, excepto el misterio de los tres golpecitos nocturnos.

Todos los días, antes de dormir, se oían en la pared contigua a nuestro dormitorio, tres golpecitos fuertes y secos, siempre, a la misma hora, las 365 noches de los veinte años que llevábamos viviendo en ese piso.

Nunca nos atrevíamos a preguntarle, pues su comportamiento era intachable y jamás había dado el más mínimo motivo para la queja, pero un día que nos cruzamos con él por la escalera fue la curiosidad la que se encargó de preguntar el porqué de los tres golpecitos nocturnos. Don Julio, quien a pesar de su longevidad se hacía llamar Julito, sonrió iluminando esa brillante mirada que podía dar calor a un pueblo esquimal y nos invitó a pasar a su casa.

Nos sorprendió un piso sencillo, decorado con un bonito estilo bohemio, en el que podían observarse por todos los rincones objetos y recuerdos de muchas culturas diferentes, que supusimos procedían de los diversos viajes que este admirable señor habría realizado. Pero lo que realmente imantó nuestra atención fue la pared de la derecha del salón: allí y con unas enormes dimensiones había dibujado un corazón enorme, en cuya mitad se podían observar muchas tablitas pequeñas escritas y clavadas con puntillas.

«Cada noche, antes de dormir, hago examen de conciencia y pienso en aquellas cosas que he realizado para mejorar el mundo en el que me ha tocado vivir. No me refiero a grandes hazañas —matizó humildemente—, a mi edad ya me dedico solamente a los pequeños detalles. ¿He sonreído al conductor del autobús, a la camarera que me sirvió el café, a mi compañero de la asociación a pesar de un momento de trabajo difícil? ¿He dado algo a lo que estaba muy ligado, pero sabía que alguien tendría más necesidad de tenerlo? ¿He sido tolerante? Y así mi reflexión pasa por cada momento vivido en el día. Si considero que he hecho algo digno de llamarse solidario, lo escribo en una de estas tablitas y lo clavo en el gran corazón, de ahí los tres golpecitos nocturnos. Muchas noches concluyo que me he portado mal, he sido egoísta o no he sabido amar lo suficiente, es decir, demasiado, y entonces quito alguna de las tablitas clavadas que no respondan al verdadero estado de mi corazón en ese momento. También para ello es necesario dar los golpecitos».

Yo le interrumpí, pero... «Julio...», «Julito, hija, que me haces viejo» —reí. «Perdón, Julito, y ¿por qué hay medio corazón vacío?». «Buena pregunta. El vacío hace justicia a que la mitad de mi vida ha estado gobernada por un alma fría, que me mantenía aislado del mundo. Yo era un chico muy avispado y empecé a trabajar muy jovencito, llegué a ser un exitoso empresario y adquirí una enorme fortuna con apenas treinta años. Tenía todo lo que cualquier hombre podía desear, pero era profundamente infeliz. Un día afortunado, me desperté y no tenía fuerzas para mover ni una sola parte del cuerpo, tuvieron que llevarme al hospital en una camilla y allí me esperaba un terrible diagnóstico que sorprendió a mi familia y amigos: había enfermado de tristeza, el vacío de mi vida había paralizado muchos de mis órganos. En el largo periodo de convalecencia decidí que a partir de entonces, dedicaría todo mi tiempo a los demás y así he intentado hacerlo cada minuto, cada hora, cada día. Por ello me controlo tanto y por eso esta tarea del corazón en la pared me ayuda a concretar algo tan abstracto como la solidaridad. Y creedme, he alcanzado la felicidad más pura y sólida que nunca pensé que pudiera existir».

Ese día, mi marido y yo salimos de casa de Julito casi sin respirar, no hablamos nada durante dos horas, absortos en nuestra propia reflexión. Estaba resuelto el misterio de los tres golpecitos nocturnos, pero la solución había sacudido nuestros espíritus y nunca más podríamos ser insolidarios sin recordar las sabias palabras de ese hombre, que tenía un enorme corazón solidario en su pecho y en su pared.

El abrazo de la rosa

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—Nunca entenderé por qué me rechazas con tanta contundencia, casi sin pararte a dudar de tus motivos. No acierto a comprender qué te mantiene tan lejos de mí.

—No deberíamos perder tanto tiempo en hablar de esto, amigo mío. Somos diferentes, pertenecemos a mundos distintos, ¡no me interesas!

—Somos diferentes por nuestro aspecto exterior, nuestra apariencia, pero en esencia somos lo mismo, formamos parte de la Madre Naturaleza, ¿no te das cuenta de eso?

—Yo tengo un don. Soy bella y todos lo reconocen y me lo repiten constantemente. Tengo muchísimos admiradores que pelean por percibir mi aroma delicado y mi tacto aterciopelado. Casi todos me buscan por todas partes, desean tenerme cerca en sus momentos más especiales. En cambio tú, tienes que aceptar que eres feo y que estás más acostumbrado a la soledad, al rechazo.

—¿En serio crees que la belleza es un don? Te crees superior por tu hermosura y te aseguro que las púas que tú rechazas en mí son el mejor regalo que haya podido recibir.

En ese momento de la conversación el cactus estaba empezando a disgustarse y su voz lo desvelaba claramente.

—¿Qué es realmente un don? Continuó. Gracias a mis púas puedo mantenerme en las condiciones más adversas y, por tanto, lo que tú consideras fealdad es mi fortaleza ante la adversidad. Por el contrario, tu belleza te hace frágil. Estás tan acostumbrada a que todos te halaguen, te piropeen y cuiden, que cuando no lo hacen, al mínimo detalle decaes, te marchitas con mayor rapidez, empiezas a secarte, tu color se apaga y te cierras por completo.

La rosa se quedó sin palabras. Aunque en el fondo lo sabía, nunca nadie se lo había dicho tan directamente y era cierto que lo que creía un don, le había hecho intolerante a la dificultad, vulnerable y tan dependiente emocionalmente, que en ocasiones daba verdadera lástima.

El cactus notó rápidamente que sus palabras habían herido a su compañera, y la quería tan profundamente que no pudo evitar sentir dolor.

—No pretendía ofenderte, pero sí hacerte ver que tus absurdos y rígidos esquemas de pensamiento no siempre son los mejores. Las cosas, la mayoría de las veces no son como creemos y sólo podemos darnos cuenta viviendo, dialogando como tú y yo ahora y dejando la mente abierta a otras realidades.

La rosa no respondió. Se limitó a meditar todas y cada una de las palabras que había escuchado.

Como esta, muchas tardes de aquel verano caluroso, la rosa y el cactus mantuvieron grandes conversaciones. Poco a poco, la rosa fue advirtiendo que aunque rechazaba su aspecto desagradable, lleno de pinchos peligrosos, ese amigo le aportaba mucho más que ninguno de los otros hermosos acompañantes con los que había tenido oportunidad de coincidir, los cuales siempre le habían demostrado que la buscaban por su belleza y que en el fondo, ni la conocían ni se preocupaban por entenderla.

—Quizá, hasta ahora has buscado compañeros que fueran iguales que tú en apariencia, pero eran diferentes en esencia. Y eso no puede hacerte feliz.

—Derrochas mucha sabiduría, querido.

—He tenido muchos momentos de soledad, de rechazo, que me han dado la oportunidad de reflexionar, como te dije un día, de hacerme fuerte ante la adversidad.

La rosa recibió tanto amor y afecto que acabó enamorándose de quien había rechazado con todas sus fuerzas. Tuvo que reconocer que sus creencias y pensamientos eran erróneos y tuvo que rectificar su actitud y comportamiento.

—Quiero que me abraces, dijo un día, rompiendo un silencio solemne que les envolvía.

—¡Estás loca! Dijo el cactus, invadido por un miedo terrible. Jamás he abrazado a nadie, se dijo para sí. ¡Podría hacerte mucho daño, incluso acabar contigo!

—Quiero asumir el riesgo. Tú me has enseñado que no hay felicidad sin dolor, ¿verdad? Pues quiero sentirte cerca, quiero que me abraces tan fuerte que nos fundamos en uno.

Cuenta la leyenda que en el lugar donde la rosa y el cactus se unieron, amaneció a la mañana siguiente una extraordinaria flor que nadie había visto jamás. Se trataba de una especie muy hermosa y al mismo tiempo fuerte, con un tallo grueso y unas hojas preparadas para soportar las situaciones climáticas más adversas. Le llamaron Tolerancia, en homenaje a la rosa que supo tolerar el sufrimiento y aceptar lo diferente y, desde entonces, se dice que la tolerancia emana sabiduría, paz y felicidad, allá donde se encuentra.

jueves, 24 de diciembre de 2009

450 EUROS

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Todo parecía normal ese lunes de marzo. Los despertadores sonaban en todas las casas de la ciudad aniquilando los sueños y acabando con la diversión y relajación del fin de semana. La gente bostezaba con exagerada intensidad. Codazos en el metro, caras de malhumor… También en mi lugar de trabajo todo parecía como de costumbre. La mayoría de mis compañeros se saludaban con los ojos medio cerrados y se escuchaban extraños silencios tras las puertas de los despachos por los que pasaba.


La normalidad empezó a extinguirse cuando me dispuse a iniciar la primera actividad de los lunes, el repaso a toda la prensa del fin de semana, y llamé a Fermín, el chico de los recados. “No está. No ha venido” Me contestó una voz detrás del teléfono. “Estará resfriado, pensé”, medio normal en estas fechas. No había nadie que supiera dónde estaban los periódicos, así que me puse a responder la correspondencia, redacté cartas, las franqueé y me di cuenta de que un par de ellas tenían que llegar a su destino con carácter urgente antes que finalizara la jornada laboral. Fermín!!! Fermín no estaba. ¿Quién podía hacer esos envíos? La verdad es que yo, la Jefa del Departamento de Relaciones Externas de una multinacional tan conocida, no sabía solucionar dos detalles tan pequeños e insignificantes, que estaban por arruinar mi mañana. Reflexioné por un momento y advertí que en los diez años que llevaba ocupando ese puesto, Fermín no había faltado ni un sólo día. Tal vez me tenía mal acostumbrada…

Estaba empezando a cabrearme por la ausencia de ese chico tímido y siempre callado, cuando dos toques secos golpearon la puerta de acceso a mi despacho. “Adelante”, alcé la voz. Detrás, divisé el rostro blanquecino y hundido de Felipe Arduán, el Jefe de Personal. “Fermín ha muerto” pronunció, “al parecer un trágico accidente”.

“No tenían arnés de protección. El andamio se desestabilizó y el pobre perdió el equilibrio”. La voz de su viuda, una joven chica que había envejecido veinte años en menos de doce horas, intentaba relatarnos el trágico suceso. “¿Andamio? ¿Qué hacía Fermín en un andamio?", expresé con extrañeza.
“¿No lo sabían? Cuando alguien le ofrecía la oportunidad, trabajaba por las tardes en la construcción. Quique, nuestro hijo tiene una grave enfermedad, necesita medicinas muy caras, y yo no puedo trabajar, tengo que estar con él. No teníamos suficiente con el salario de la oficina”.

En ese momento, me ausenté de la sala dos del tanatorio en la que nos encontrábamos. No oía a esa pobre mujer, no escuchaba los llantos de los familiares cercanos, sólo veía la serie de imágenes que pasaban por mi cabeza con una rapidez incontrolable, como secuencias de películas que alguien estuviera rebobinando a gran velocidad. Vi a Fermín sentado frente a mí, en mi despacho, pidiéndome una subida de sueldo, que intentara interceder por él ante los superiores. Y vi mi respuesta, mi reacción de: “Es imposible. La empresa pasa por malos momentos y todos están como tú, todos queréis más”. Vi a Fermín pidiendo que le ampliáramos la jornada. “No puede ser Fermín, tu trabajo se hace perfectamente en cinco horas, la empresa no puede permitirse pagarte más por quien sabe qué funciones nos inventaríamos”. Sentí una especie de odio repulsivo hacia mi actitud de jefa prepotente e insensible en todos esos momentos en los que una persona desesperada, había venido a mi despacho buscando ayuda. ¿Por qué no me habría contado lo de la enfermedad de su hijo? Me di a mí misma la respuesta, ¿le había ofrecido yo confianza para que me contara alguna intimidad? Empecé a llorar con el llanto amargo que sabe a culpabilidad, remordimiento de saber que alguien como yo, educada por mis padres en una sólida escala de valores, había sucumbido ante la sociedad capitalista que domina todas las esferas.

“Gracias Señora. Ha sido un detalle venir al entierro, una mujer de su categoría, con la de cosas que tendrá que hacer” Nunca he olvidado en mi vida el abrazo que me dio Victoria al despedirme, desprendió calidez verdadera, agradecimiento auténtico, ambos atribuibles únicamente a alguien con la humildad y la calidad personal que tiene la mujer más luchadora y valiente que jamás haya conocido. ¿Gracias a mí? Si casi me sentía culpable indirecta de esa muerte.

En las semanas siguientes, todo fue un desastre. Me di cuenta que el “chico de los recados” había cumplido durante más de diez años un papel esencial en esa empresa, imprescindible para los éxitos, para las operaciones que engordaban nuestra cartera, la cartera de los jefes. Intentando solventar mis errores del pasado, indagué algo más sobre la vida de ese compañero que nos había dejado para siempre. Su nómina más alta era de 450 euros. 450 euros para cuidar a su hijo, 450 euros para alimentar a su esposa, 450 euros que le llevaron a matarse en un andamio. Desde ese lunes de marzo que empezó con total normalidad, las cosas nunca fueron iguales.

Cristina Fuentes, la Jefa de Relaciones Externas, estaba a punto de concluir cuando la emoción entrecortó sus palabras. El público que asistía, asistíamos a ese V acto conmemorativo de la muerte de Fermín Castro, se puso en pie para aplaudir las palabras pronunciadas en tal conmovedor discurso. No pudo contenerse más y sucumbió ante la emoción, tuvo que bajar del estrado y ocupar un puesto en una mesa.

Desde aquel lunes diferente, Cristina comenzó a mover los hilos para iniciar una nueva filosofía de personal y de comunicación interna dentro de la empresa. Desde entonces, en relación directa con el Departamento de Recursos Humanos, un equipo de psicólogos intenta llevar un seguimiento de cerca de los casos particulares de cada trabajador. Ellos actúan de intermediarios cuando tenemos que pedir algo, valoran nuestros casos y elaboran un informe detallado que acompaña siempre nuestras peticiones a la Dirección. Parece mentira, pero los resultados de la empresa han crecido notablemente, salimos en prensa especializada continuamente, ocupando los mejores rankings de resultados económicos y de Responsabilidad Social. Desde mi humilde punto de vista, creo que hemos ganado todos, nosotros los empleados estamos más motivados y ellos, lo que nos pagan de más e invierten en cuidarnos, se lo ahorran en publicidad.

Cristina pasó de ser la “Señorita Rottenmayer” como todos la llamábamos, a ser una persona sensible, buena profesional y admirada por todos. El hijo de Fermín se recupera favorablemente tras una operación en Estados Unidos. Aunque nadie lo sabe a ciencia cierta, yo sé que se la pagó Cristina de su bolsillo. Ahora, Victoria y Cristina son buenas amigas y, aunque ocupan puestos muy diferentes en la escala fijada por la sociedad, se quieren, admiran y enseñan mutuamente.


Berta

GÉISER DE DOLOR

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Estaba sola contra un universo complicado para el cual no me prepararon debidamente. En ocasiones rozaba la locura; los gritos me sacaban de quicio, esos golpes… No lo aguantaba. La desesperación empezaba a emanar de los poros de mi piel con la fuerza y el misterio del vapor en un géiser. Quería llorar y no sabía. No encontraba escape para la intensidad de mi dolor. Caminaba incontrolada, dando patadas al vacío, retaba al mismo aire que me daba la vida.

¡¡Desesperada!! ¡¡Sola!! Sin un atisbo de calor humano o apoyo. Te llamé y no querías hacerme caso. ¿Cuál es tu criterio? ¿Cómo eliges a quién llevar contigo?

Esa mañana lo sabía. No te escaparías más. En un momento de enajenación total apreté todos los músculos de mi cuerpo, clavé las uñas en mi piel al cerrar los puños con una fuerza sobrenatural, cerré los ojos y te invoqué con el conjuro de quien lo tiene todo perdido. Una caída hacia el vacío. El tiempo detenido en millones de clichés de una vida acabada. Una conciencia interrumpida. El sabor dosificado de una muerte deseada. Una corriente helada recorriendo a la par de mi sangre casi detenida. Un pálpito irregular gobernando un cuerpo inerte....Y cuando estaba a punto de beber el dulce elixir que llevaba años buscando en ti, algo amortiguó la caída. Me volviste la cara, me abandonaste. Otro duro envite de la vida, quizá el peor.

No siento nada, a veces consigo entreabrir los ojos y lo que diviso me devuelve las ganas de suplicarte que, de una vez por todas, me ayudes a cerrarlos y acabar para siempre con este géiser de dolor.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

LA VENGANZA DE LA REALIDAD

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No podía pegar ojo. ¡Qué extraña sensación, joder! ¿Qué coño me pasa? Me tengo que levantar más temprano que de costumbre, esa maldita reunión con el jodido Valentín y no he descansado ni un segundo.

Miguel no estaba acostumbrado a tener insomnio. Bueno, la verdad es que Miguel no estaba acostumbrado a nada más que a su falsa vida llena de satisfacciones baratas.

“¡Inés, joder! ¿No escuchas que la niña está llorando?” “Ve tú de una maldita vez, yo también tengo derecho a descansar una noche”. “¿Descansar tú, para qué? No tienes bastante con estar todo el día viendo novelas y dando paseitos con las maris del barrio?“ ”Eres un cerdo hijo de puta hasta de madrugada” vomitó Inés mientras se levantaba resignada a asistir al bebé. Miguel se dio la vuelta y se aisló de los insultos que porfiaba su compañera colocando la almohada sobre su cabeza.

Intentó cerrar los ojos y pensar en Lucía, esa chica joven cuya sonrisa emanaba el elixir contra la pasión desierta de su matrimonio. Pero extrañamente, Lucía no aparecía en su mente como siempre, espléndida y sonriente sugiriéndole fantasías reales. Esta vez, Lucía lo miraba con desprecio, seria, y se iba de la mano con un chico alto, guapo y más joven que él. “Él me quiere de verdad, Miguel, estoy cansada de ser siempre la amante, de tus mentiras, de tus falsas promesas. Púdrete. Púdrete, púdrete, púdrete, púdrete”

Miguel se dio la vuelta en la cama intentado sacudir su mente de esa palabra repetitiva que le martilleaba, y se encontró con Inés que acababa de llegar de dormir a la pequeña. “Púdrete” le gritó. Mientras ella cogía el cojín que usaba de almohada individual, con una serenidad aplomante y angustiosa le dijo: “hoy duermo yo en el salón pero mañana te quiero fuera de esta casa. No soporto más tus desprecios, tus insultos. Púdrete”

Miguel estaba bloqueado. ¿Qué estaba pasando? Ese día había sido como otro cualquiera e incluso cuando se metió en la cama, después de cenar con la familia, todo parecía normal. ¿Qué era toda aquella situación repentina? ¡Ah sí!, sería un sueño, una pesadilla, no tenía más remedio que ser eso.

Pero esta hipótesis falló cuando Inés retiró la manta polar y el frío hizo que se erizara cada esquina de su piel. Ese frío era absolutamente real, no podía ser un sueño… Miguel se sentía fatal, empezó a tiritar con todo el cuerpo encogido pero no sentía fuerzas para levantarse a coger algo con que taparse.

Cerró los ojos de nuevo y esta vez vio una señora mayor, sentada en una butaca que se mecía a un ritmo descompasado que probablemente marcaba su propio corazón. Un corazón angustiado por un llanto desconsolador que emitía amargamente, con ansiedad y una respiración entrecortada. Miguel sintió pena, compasión… “Demonios!!!” Definitivamente algo debía ir mal porque Miguel no había sentido algo así desde hacía siglos…

Dio una vuelta. Y otra vuelta. Y otra, pero la señora no desaparecía de su pensamiento. Es más, por su cabeza pasaban distintas imágenes de ella en diversos momentos: mientras cocinaba y lloraba, mientras ahogaba un llanto amargo bajo el sonido de la ducha, refugiando las lágrimas bajo una almohada con la funda empapada… “No!!!! No puede ser!!!” Gritó Miguel. “¿Qué coño está pasando?” Miguel había reconocido de pronto la cara de su madre en todas las imágenes. Su madre que lloraba quizá por todos los desplantes que él le había hecho, por su egoísmo, su olvido, su indiferencia… Intentó acercarle una mano, ofrecerle un gesto de consuelo que ya había olvidado cómo hacer, pero ella le retiró el brazo despreciándolo. Sí, Miguel presenció cómo su propia madre lo rechazaba. “Púdrete Miguel, púdrete”

Cada vez tenía más frío. Abrió los ojos y vio su reflejo en el espejo del vestidor. Daba auténtica pena. El figurín, el niñito guapo, el playboy del barrio, el jefe déspota y conquistador, el amante incansable, aparecía allí con unas piernas delgadísimas al descubierto y con un cuerpo helado por el sudor frío.

Entonces fue cuando Miguel recordó una frase que hacía años había leído en un periódico. Una frase corta. Una frase sencilla. Una frase simple pero densa. Una frase que cautivó toda su atención impidiéndole seguir adelante en la lectura. Una frase que sacudió su conciencia por entonces aún existente. Una frase que le pareció un tipo de profecía, de maldición pero que por supuesto, desoyó e ignoró totalmente. “Toda realidad que se ignora, prepara su venganza”. Sí, esa era la frase.

Y ahora entendía por qué aquel día hace años esa frase le revolvió por completo, esa frase era la profecía cumplida. Después de años de pisotear, menospreciar, subyugar, olvidar, mentir, etc., después de años de hacer con la realidad lo que le venía en ganas, de manipularla a su antojo para salir airoso, de cambiarla según los deseos que en él aparecían, después de largos años de ser el amo y señor de su Universo, la realidad había decidido vengarse.

UNA FRÁGIL LÍNEA

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Hacía mucho frío. Demasiado frío. No había nada que permitiera aislarme de tanto frío.

No sabía dónde ir. No tenía con quien ir. Comencé a andar. La calle terminó y creo que no sabía dar la vuelta. Recorrí el mismo tramo, la misma distancia, por lo menos quince veces. Mis movimientos eran compulsivos, guiados por la histeria. Me giré y salí a la avenida principal. Debían ser más de las tres de la madrugada. Llovía, llovía mucho y hacía mucho frío. Un frío desolador.

Seguí caminando y llegué a un gran edificio blanco coronado por grandes puntos de luz. Era muy grande, un edificio muy muy grande. Olía a tristeza. Olía a enfermedad. Olía a sufrimiento. Una vez más aquella maldita cruz roja. Empecé a recorrer la manzana sin quitarle la vista de encima. Miraba las ventanas por las que asomaba un rastro de luz. Trataba de imaginar la situación que allí se viviría. Gritos, dolor, desesperación. La piel se me erizaba y continuaba caminando. En la séptima planta vi alguien asomado. Era una mujer delgada, muy delgada, muy muy delgada. Y blanca, su rostro carecía de un atisbo del color que define a los vivos. Le saludé con la mano, pero sus ojos, perdidos en un horizonte desconocido, no hicieron muestra de advertir mi gesto.

Seguí caminando, daba pasos grandes, descompasados, arrítmicos. ¿Se encontraría allí dentro? Entrar o no entrar era la gran decisión. La decisión que podría cambiar mi destino. A lo lejos vi las luces azules. ¿Venían a por mí? Las bajas nubes y mi cansancio soporífero me impedían ver con definición las siluetas que bajaron del coche. Intenté esconderme en los contenedores. Olía mal, pero el aroma de la inmundicia era más suave que aquél que me había convertido en esa piltrafa humana.

Una valla. Una pared. Un cristal. No había más de por medio. Una línea, una frágil y fina línea. Una cuerda de equilibrio inestable, un pie mal cruzado, un giro indebido y pasaría de un estado a otro.

Escuché pasos muy cerca. “Por aquí no hay nada. Falsa alarma, sube al coche que te vas a resfriar”. Y oí cómo los pasos se alejaban. Ellos volvían a su coche, su emisora, su jornada de trabajo y yo tenía que resolver mi difícil decisión: cruzar la línea, probar a pisar en el sitio correcto de la cuerda, entrar, buscarla, oler de nuevo ese olor: dejar de ser yo para siempre.

Berta