Mirar para otro lado es fácil. También lo es simplemente no mirar. Basta con girar un poquito el cuello o cerrar los párpados momentáneamente. Otra forma de hacerlo, más metafórica, es la que ponemos muchos en práctica en el momento de filtrar la información que recibimos: no más telediarios, no más periódicos, no más bombardeo continuo de imágenes de quienes tienen la patética fortuna de estar en el otro lado. Miramos para otro lado (para nuestro ombligo y nuestro puñetero mundo de bienestar o mediobienestar).
Sin embargo, un día te levantas y se hace casi inevitable no ver una foto que está circulando por todos lados y que se ha convertido en un núcleo fundamental de las conversaciones y tertulias. Una foto sabiamente elegida para mover a la opinión pública. Una foto que corta la respiración, que encoge las tripas, que hace que un dolor inmenso y una ira profunda se subleven contra ese estado de pasividad aprendida en el que muchos nos hemos instalado.
Entonces uno procesa sus emociones (íntimas y privadas) a su manera; hay quien las hace públicas y las airea, hay quien las medita, hay quien las interioriza, y hay quien simplemente vuelve a mirar para otro lado.
También hay quienes ni siquiera sienten nada ante la crudeza de ese niño sirio muerto en una playa. No sienten nada porque los humanes somos expertos en sostener creencias e ideas (de muchos y variados tipos) y luego hacer lo que sea (hasta matar) por demostrarnos que son válidas y tenemos razón. Así, muchos creen que los refugiados apestan y molestan en nuestras ciudades y se convencen de que la tragedia de este sueño astillado en una costa no es más que la culpa de unos padres que deberían haberse quedado en su tierra.
Culpabilizar, minusvalorar, reducir a quienes consideramos que nos molestan es una estrategia infalible; si nos convencemos de que las cucarachas son unos bichos asquerosos y repugnantes, no dudaremos en aplastarlas en cuanto se crucen en nuestro camino y no sentiremos más que una satisfacción profunda por haberlas hecho desaparecer. Esta es una estrategia ampliamente usada a lo largo de la historia para pisotear (léase también aniquilar) a quienes no nos gustaban con total impunidad (Goebbels, el jefe de la propaganda nazi, bien lo sabía). Reconduciendo el tema; si consideramos que los padres de esta inocente criatura que se les escapó literalmente de sus manos son unos insensatos y miserables, nuestra conciencia quedará tranquila y podremos mirar para otro lado con la más serena de las calmas.
No obstante lo anterior, la reacción más común entre la gente de bien es dolernos, lamentarnos, sentirnos afortunados de haber nacido en otro lado, llorar amargamente empatizando al máximo con la crueldad de un drama que nadie debería experimentar jamás… Pero nuestra vida continúa; lejos de las bombas; lejos del terror. Y pronto se nos olvidará esta imagen que nunca debería haberse producido, como se nos olvidan las de tantos y tantos niños de piel menos blanca que mueren en África por enfermedades que se podrían erradicar con soluciones tan simples como la distribución de mosquiteros. Tan fácil y tan barato para los gobiernos, ¿verdad? ¿Sabíais que todos los días mueren de malaria más de 3000 niños, lo que equivale a que se estrellaran diariamente siete grandes aviones comerciales cargados de centenares de niños*? Lástima que esas vidas humanas valgan tan poco para los que manejan el mundo entero como si de un juego de mesa se tratase. Por cierto, esas imágenes apenas nos llegan porque no interesan mediáticamente; así de cruel y de patético es el mundo en el que vivimos. *Datos proporcionados por Cruz Roja Española.
“¿Y qué puedo hacer?”, nos preguntamos. “Yo no puedo cambiar nada”. “Que hagan algo quienes nos gobiernan”. “Todo es culpa de los políticos”. “Nada está en mis manos”. Culpa, culpa, echar balones fueras y convencimiento de nuestras propias creencias. Al final, independientemente de cuáles sean nuestras emociones ante la desgracia ajena y cómo las compartamos con el resto del mundo, todos (o casi todos) miramos para otro lado o simplemente no miramos.
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sábado, 5 de septiembre de 2015
viernes, 8 de julio de 2011
El abrazo del agua
Contemplaba el río, a veces tranquilo, pausado su fluir, otras, en cambio, agitado por un viento que predecía mareas, que anunciaba lluvia de hojas sobre nuestras cabezas...
Observaba un agua expuesta a la naturaleza, a lo que quisieran hacer con ella los fenómenos atmosféricos, sin poder saber al amanecer cuál sería su estado cuando el sol se durmiera.
Me acercaba al agua e intentaba atraparla con mis manos, pero se escabullía burlona, como la amada que siente certeza del amor que le profesan y juega, a huir, sin perder lo que desea.
Reflexionaba sobre el ciclo del agua. La evaporación que la hace desaparecer, para cargar una gran nube y volver a iniciar su andadura. Si el agua pudiera sentir..., ¡qué sensación atraparían sus ficticias entrañas al sentirse llamada a un no sé qué desconocido, al sentir que deja de ser sin saber qué va a pasar, sin conocer que no es más que una parada para recuperar fuerzas y recomenzar!
Y mientas, pensaba también sobre la felicidad. Un estado, como el río, existiendo para fluir constantemente, para desembocar en el mar donde todo acaba. Cuando está quieta y serena nos refresca, incluso a veces llega a limpiarnos, arrastrar hojarascas e invadirnos de pureza. Pero no sabemos nunca cuánto tiempo se mantendrá. ¡Sí! Su fluir es constante... desaparece, evaporada hacia el abismo, dejándonos la incertidumbre de qué vendrá, qué nuevo ciclo tendremos que iniciar, expuestos, sin control a lo que la naturaleza nos pide.
Una vez, hace ya tiempo, también yo experimenté una gran felicidad. El bienestar me inundaba y desbordaba constantemente. Era tan alto el nivel que me costaba tocar el suelo con los pies y temía perder el equilibrio. Creí tenerlo todo, creí poder atraparla y convencido de mi suerte, un estúpido día estiré mis extremidades dispuesto a dar el abrazo intenso que pretende acaparar lo que se quiere. Pero cuanta más fuerza entregaba en el abrazo, con mayor rapidez se escapaba cuanto tenía. ¡Sí! Una vez más cambió la marea, llegó el revuelo, todo volvió a transformarse y sentía que también yo, inevitablemente, me iba allá donde el viento quería.
Aquel día supe que era inútil pretender darle un abrazo al agua.
Berta Carmona (escrito en 2005)
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