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miércoles, 31 de agosto de 2016
El verano que decidí no morir
¿Quién me iba a decir, hacía unos años, que esta estación del año de la que siempre gozaba tanto se convertiría en una enemiga cruel y asesina?
¿Cómo podía imaginar que ese refrán que yo repetía con frecuencia (“hay miradas que matan”) llegara a tener un significado tan literal?
Aquel verano fue la prueba definitiva.
Esos primeros paseos primaverales por la ciudad en los que las mangas se acortaban no fueron más que ensayos generales en los que apenas llegué a experimentar la extrema crudeza de la realidad que me tocaba afrontar.
Fue durante los meses estivales cuando la ausencia de tejidos que cubrieran aquellas desagradables cicatrices me dejaron al descubierto. Al desnudo. Sin posibilidad de ocultar eso en lo que me había convertido.
Me había preparado concienzudamente. No fueron pocas las sesiones de psicoterapia con el doctor Pedralbez; sin embargo, a veces, ni en tus peores pesadillas aparece la perversidad de la realidad tan virulenta. La puta realidad. Aquella que había decidido echarme un pulso, poner mi vida patas arriba, vapulearme, destrozarme...
Por más que me hubiera aprendido mil recursos para afrontarlas…
Por más que conociera la teoría y pudiera estar convencido de la importancia de la actitud…
Por más que hubiera ensayado un sinfín de formas de controlar las emociones negativas…
Fracasé.
No pude.
Me superaron.
Me destrozaron.
No tuve la fuerza necesaria para ignorar tantas miradas.
Las primeras que percibí fueron de extrañeza. Observadores que, pareciendo que no se inmutaban, fruncían el seño e intentaban mejorar el enfoque para cerciorarse de lo que estaban viendo, para asegurarse de que aquella monstruosidad no fuera una ilusión o una proyección de la peor película de terror que hubieran visto o imaginado.
Muy pronto vinieron las de pena. Totalmente demoledoras. A pesar de haberme preparado para asimilar la compasión (cómo odiaba aquel sentimiento que me reducía a un pobre enfermo al que proteger) que podía despertar, sentirlo de aquella manera tan intensa en un encuentro frente a frente en un paseo, en la playa o en un pasillo del supermercado... me destrozaba. Incluso podía oír los pensamientos de quienes me habían mirado, cómo se refugiaban en su mundo interior para reflexionar sobre los duros golpes que la vida puede asestar y cómo pedían a sus dioses la protección ante tamañas desgracias.
El asco. Ay, el asco, tan visible en esos rostros menos avezados en el arte del disimulo, en la difícil tarea de ocultar las emociones. Sin duda eran las más crueles, pero las que menos daño me hacían.
Sí, definitivamente prefería dar asco a infundir tristeza.
Las de miedo podían provocarme incluso risa. Para ello me había entrenado y aquí sí parecía haber dado algún resultado tanta terapia. La escasa ternura que aún quedaba en mí dejaba a los niños fuera de mi ira y mi dolor. Al fin y al cabo, a ellos no se les podía exigir o presuponer el control que yo tanto echaba de menos en los adultos.
Tras varias jornadas sobrellevando el haberme convertido en objeto de todas las miradas en esa pequeña localidad costera donde casi nunca pasaba nada, aquel día algo cambió. Aquella chica joven giró la cabeza nada más verme, como si en su alegría veraniega, su jocosidad, la tranquilidad de sus paseos... no hubiera cabida ni siquiera para la desgracia ajena.
Y en aquel momento, en un instante, todo lo trabajado durante los largos meses de invierno se desvaneció. En un instante se vinieron abajo todos los muros y corazas con los que había intentado protegerme y me quedé indefenso ante aquellos transeúntes que sonreían, cantaban, paseaban de la mano y saboreaban apetitosos helados; ante todos aquellos paseantes y sus miradas hirientes que iban asestándome puñaladas conforme pasaba por sus lados.
Y comenzó aquella punzada en el pecho. Muy fuerte. Me asusté. Llegué a pensar que el corazón, desbordado de tanto sufrimiento casi agónico acumulado durante meses, había decidido abandonar la lucha.
Empecé a correr, pero no iba hacia el ambulatorio, ni hacia casa, ni buscaba un teléfono desde el que poder hacer una llamada de socorro. Solo corría. Sin rumbo. Sin detenerme. Sin alivio.
Nadie intentó parar a aquel ser enfermo, a aquel trozo de carne deformada que corría como un animal herido huyendo de su propia existencia. Nadie interrumpó su efímera felicidad de verano para transformar la curiosidad morbosa en un gesto de preocupación sincera. Nadie me tendió una mano ni me miró con afecto. Nadie trató de parar aquella hemorragia interna que entre todos habían provocado.
Rendido, exhausto, sin fuerzas, caí al suelo golpeándome la cabeza justo con un espejo situado en el escaparate de un comercio; un espejo que, nada más recuperar la conciencia, me devolvió sin piedad aquella imagen de la que llevaba meses tratando de huir. Y allí, como la examinadora más severa, como una jueza impía, estaba aquella mirada, la única responsable de otorgar valor a lo que veía, incluso al resto de miradas. Ante la cercanía de la muerte, por primera vez fui consciente de que era ella, con su desprecio, con su asco, con su miedo y su temor quien recibía, de forma correspondida, las mismas energías que emitía.
Y allí, cuando había estado a punto de perderlo todo por haber cedido al dolor, cuando mi corazón me había amenazado con dejar de latir, comprendí con una nitidez inusual qué sería lo único que podría salvarme de aquel infierno en que yo mismo me había hundido: mi propia mirada.
Foto de Pixabay, de leandrodecarvalhophoto.
martes, 25 de enero de 2011
Él y ella
—Juro que hoy no lo llevaré conmigo, tengo que arrebatarlo de mi cabeza, tirarlo, dejarlo abandonado en algún lugar que no interfiera en mi camino.....—decía él mientras caminaba por esas calles que, en otoño, se disfrazan de copas de árboles.
—Prometo que hoy no estarás conmigo..., te arrancaré, te cortaré hasta dividirte en partículas tan pequeñas que jamás puedan recomponerse... —musitaba ella con una energía que se debilitaba en cada intento.
Son las diez de la mañana. Él y ella acaban de encontrarse en la habitación en la que se aman cada miércoles, durante esos encuentros frugales....
Se devoran sofocando el deseo retenido durante días, pero en el instante culminante, en el punto álgido del placer, advierten una vez más que el espejo que refleja sus almas vuelve a estar cubierto por ese suave, pero opaco tejido gris que él había jurado, prometido ella, abandonar para siempre.
Insatisfechos por no haber podido derribar sus propias máscaras, se besan mientras la pared tras ellos se torna gris plomizo, presagiando la imparable caída al abismo que comienza cada semana cuando la atraviesan.
Berta Carmona
08/11/2009
lunes, 25 de octubre de 2010
Gotas de lluvia
El cielo estaba negro, las nubes tan apelmazadas que apenas dejaban pasar un rayo de sol, y yo estaba sentado en mi viejo sillón, en mi apacible casa de campo, navegando por el mar de mis recuerdos. Empezó a llover y parecía que todo el agua del planeta se hubiera concentrado frente a mi ventana, cayendo sin cesar, durante horas, de forma torrencial.
Siempre me gustaron los días lluviosos por la capacidad que tenían de liberar toda mi sensibilidad y ayudarme a percibir los más bellos detalles de la existencia. Y así, dejé sobre la mesa el viejo libro que siempre releía y me concentré en disfrutar la caída de la lluvia en mi cristal.
Pasaron horas, pero creo que no fui consciente del tiempo, no al menos hasta que la lluvia paró y el cielo empezó a transformarse en mil colores. Apareció el arcoiris con su fórmula mágica que siempre sorprende, y la claridad de algunas nubes que venían formaba un paisaje bellísimo de diferentes tonalidades.
Hacía ya más de media hora que no había caído ni una gota de agua y entonces fue cuando la vi a ella, se deslizaba temerosa y frágilmente, quizá con miedo a llegar cuando todas las demás se habían ido; quizá con recelo a parecer diferente, aparecer por separado, tal vez, con preocupación de no haber llegado a tiempo. De esta forma, sin haber avisado previamente, fue recorriendo lentamente su camino, alcanzando su meta bastante después que las demás. Tal vez ella se creía distinta, incluso peor, pero sin embargo para mí fue la más especial, la que me dio la posibilidad de pensar en la esencia del agua, en su recorrido... ¿De dónde había salido esa gota tardía? ¿De una teja mal situada en el techo de la casa? ¿Del tambor de la persiana, quizá? ¿Del marco de la ventana? Cuando la vi, estaba concentrada en un solo lugar, quieta, inmóvil, tal vez estuvo a punto de arrepentirse de continuar su recorrido, sólo tuvo que pararse y esperar a que la fuerza del sol la consumiera, pero decidió seguir y dividirse en minúsculas partes que trazaron un hermoso trayecto irregular ante mis ojos.
De repente, en esa sencilla observación de la naturaleza fue cuando surgió en mí una extraña sensación de arrepentimiento. Toda la vida intentando caminar con rapidez, acompañado de la mayoría, del grupo, preocupado por la velocidad, por alcanzar pronto las metas. Toda la vida atosigado por la torrencialidad de los hechos. Nunca me atreví a hacer nada que se saliera de la norma, no quería ser diferente, y ahora, en un detalle tan simple como la caída de una gota de agua, me daba cuenta de que precisamente lo diferente era lo especial. Advertí que quien rompía los esquemas habituales se hacía más importante a los ojos de quien observa. Aprendí o quizá comprendí lo que aprendí hacía años, en unos pocos minutos, que la magia de la vida, como en el arcoiris, se produce cuando se unen dos fenómenos muy contrarios. Yo, que nunca me había arrepentido de nada de lo que había hecho, me arrepentí de pronto del sinfín de cosas que había dejado de hacer.
Entonces supe que tal vez tenía que haber usado más ropa de colores, probado más sabores exóticos y olido flores en primavera. Entendí que tendría que haber disfrutado más de la música, liberado mis sentidos ante ella y haber dejado bailar a mi espíritu al ritmo de mis pies. Supe que cada vez que me había dejado llevar por la inmovilidad de la rutina, había dejado morir una parte de mí, porque estar muerto es estar quieto y vivir es todo lo contrario. Me di cuenta de que tendría que haber decorado las paredes de mi casa y mi despacho con más alegría, que debía haber dejado de veranear cuarenta años en el mismo pueblo playero y haber conocido más maravillas del mundo, más lugares escondidos en los que la mano de la Naturaleza talló sus mejores obras de arte.
Es curioso todo lo que he descubierto por la caída de la lluvia frente a mi viejo sofá.
Foto compartida bajo licencia de Creative Commons, gracias a la galería de flickr de anieto2k
Los gritos del dolor
Desgarrador, agudo, pavoroso... Eran las siete de la mañana, casi todos dormían acunados por el silencio y de pronto se oyó un grito, desgarrador, agudo, pavoroso..., que me abrió de par en par las puertas al abismo.
No sabía de qué se trataba, ni siquiera de qué lugar exacto procedía aquel terrorífico sonido, pero entró por mis oídos haciendo añicos mi parte más sensible.
¿Qué se escondería tras ese grito? Dolor desesperado ante la enfermedad, vacío tras alguna pérdida importante, frustración, desesperación, anhelos, amor no correspondido... ¡Sufrimiento, en definitiva!
Pasaba ya la madrugada y volví a escuchar ese sonido. Esta vez conocía su procedencia, había sólo una pared de por medio, una pared que separaba mi llanto amargo, silencioso, sofocado en un pañuelo, de aquel quejido inconsolable. Era un hospital desolador, viejo, pequeños insectos recorrían las paredes… La había perdido para siempre, ya nunca más vería aquel rostro blanquecino y escuálido ruborizarse al caer la tarde, o sonreír tímidamente, como ella lo hacía... Pero ¿y ese grito? ¿Qué escondería ese grito? Quise no saber más, después de todo, mi pecho apenas contenía mi dolor, ¿cómo hacerme cargo de lo ajeno?
¡Cuántos gritos de dolor pasan desapercibidos! A veces se amortiguan tras los muros, a veces rebotan en puertas, fronteras de tierra, estrechos trozos de mar o de océano. A veces nos basta con girar un poco la espalda, mirar hacia otro lado, quizá un poco de música, volumen alto y el grito se desvanece con el mismo ímpetu que se inició. A veces el lamento ni siquiera llega a oírse, bien porque quien desea expresar el sufrimiento ha aprendido a callarlo, bien porque grita sin voz.
Miradas
Estaba parado, sentado, en el lugar de siempre, a la hora habitual. Leía los documentos que trataba de memorizar, haciendo una sola parada para mirar hacia mi ombligo, pensando en mis circunstancias y regodeándome en mis desdichas. En ese momento una persona pasó por delante mía. Podía ser una persona cualquiera, puesto que él y yo nunca habíamos intimado, no había entre nosotros nada que pudiera hacerle especial o diferente para mí, pero la verdad es que no era una persona cualquiera. Podía ser simplemente uno más de los muchos que pasan por mi campo de visión a lo largo del día, pero su presencia no me causó la molestia que normalmente me causaba quien rompía mi concentración, a veces en la nada.
Me fijé en su mirada, cosa que no solía hacer... "Procura no fijarte en las miradas, hijo, a veces dicen cosas que cambian el transcurso de nuestra vida para siempre. Tú ve a lo práctico, y no te desconcentres de tu objetivo", me habían repetido tantas veces esta frase en mi infancia que realmente había calado hondo. Y vi en la mirada de esa persona una tristeza hiriente, una desolación infinita, un profundo desgaste... En ese momento quise levantarme y preguntarle qué provocaba esa expresión de su rostro, quise saber más de él y de la historia que llevaba vivida, pero no supe hacerlo. Se me daba muy bien aprobar exámenes, ascender puestos, pero creo que lo mío no eran las personas.
A partir de ese día, cada vez que pasaba cerca mía, le miraba la mirada. Ya no me daba miedo, al menos no con él. Nuestra relación se reducía directamente a eso, a un auténtico juego de miradas. Un día el miedo me sacudió por completo, porque al pasar por delante, su mirada me pidió un consejo. Tal vez, y a pesar de nuestras parejas y nuestras vidas aparentemente tan llenas y ocupadas, él estaba tan solo en el mundo como yo. Quizá no era tan importante como yo lo veía, no estaba tan por encima, y yo había dejado siempre que todas esas diferencias inútiles separaran nuestros caminos. Me conmocionó pensar en su sufrimiento, quería acercarme, quería ofrecerle mi ayuda, pero ¡era tan difícil!
Fue aquel miércoles gris... Todo empezó con una sonrisa, muy leve, temerosa, porque la verdad es que tampoco sonreír se me daba del todo bien. Por primera vez le hablé con palabras reales, le dije que mi mundo estaba reventado, roto en pedazos, que había crecido sobre cimientos cargados de errores. No sé por qué lo hice, porque no me gustaba hablar de mí, pero intuí que el empezar yo le impulsaría a continuar. Efectivamente mi confesión le hizo desahogarse, soltar toda la desgracia que llevaba congelada en una lágrima que nunca salía. Conversamos, no nos dimos consejos porque ninguno de los dos nos sentíamos capaces de ello, tal vez ennoblecíamos demasiado el significado de esa palabra… Pasaron los días y nos acostumbramos a hablar, no siempre tratábamos temas profundos, había heridas tan frescas que temíamos rozar, pero el simple hecho de compartir opiniones, visiones distintas de una misma realidad, representaba para nosotros el consuelo que necesitábamos en ese momento, el alivio que aligeraba la carga que nos aplastaba.
Yo estaba parado, sentado, en el lugar de siempre, a la hora habitual. Tenía un mal día, pero pasó él con su mirada cargada de ilusión y alegría, y mi jornada se iluminó. Me quedé pensando cómo en tan poco tiempo había pasado de ignorar la presencia de alguien a llenar mi vida con ella. Quizá eso era algo de lo que hablaban tanto los muchos libros que había leído, quizá eso era la amistad.
Un paseo por las Ramblas
Había amanecido un día muy oscuro, de esos en los que las nubes grises descienden del cielo para confundirse con calles y edificios, y allí estaba yo, caminando por mi avenida preferida, luchando contra la multitud que competía por alcanzar un soplo de aire.
Me crucé con una chica rubia oxigenada, de aspecto escuálido que intentaba contrarrestar su falta de atractivo femenino con una vestimenta llamativa y exageradamente provocativa. Seguí avanzando y me pegó con su muleta un anciano señor que intentaba llegar al banco más cercano arrastrando los gruesos tobillos asfixiados por la enfermedad circulatoria que propiciaba sus torpes andares. En el otro extremo de la avenida pareció fijarse en mí un chico alto y elegante, que caminaba con una seguridad aplastante, pero que comunicaba con su mirada los miedos comunes a la humanidad, a pesar de los trajes de marca y los maletines de piel de la buena. Me entretuve un rato en un puesto de flores, y cuando proseguí, pude observar a una chica muy joven, de rostro bellísimo y larga cabellera negra, que miraba su teléfono móvil mientras sus mejillas eran recorridas por esas lágrimas que saben a ausencia, a lejanía del ser amado…
En esa época salía a menudo a pasear por la Rambla, por el simple hecho de caminar y observar el mundo que existía más allá de mis cuatro paredes, físicas y mentales. Solía hacerlo sobre todo esos días en los que el sol se quedaba durmiendo y la falta de luz apagaba todas mis energías, dejando resurgir fantasmas del pasado y lejanos complejos de la infancia.
Siempre me gustó observar a las personas. Esa mañana vi chicos jóvenes que intentaban absorber el mundo con la explosión de energía adolescente; ancianos que no habían podido guardar sus nostalgias y soledades en los cajones de las mesillas de noche; adultos bajos, altos, de pelos cortos, largos, rubios o pelirrojos. Rostros hermosos y pieles comidas por el acné; cuerpos esbeltos y gorduras descuidadas; ojos que sonreían y labios que lloraban sin lágrimas; andares resueltos y torpes desplazamientos; cuerpos cubiertos con elegantes vestimentas y ropas humildes que reflejaban frágiles economías. Vi parejas abrazadas, extranjeros que mostraban su arte en puestecillos improvisados, mimos que sonreían a quien le agradecía su simpatía con una moneda, enamorados que se robaban besos en cualquier esquina. Me crucé con el señor de la mirada perdida cual sus propios tirantes, con la chica en la silla de ruedas, con la madre con sus lindos gemelos…
Esa mañana había despertado ahogada por los miedos inconfesables que los adultos deben dejar entre las mantas. Me sentía la mujer más desdichada de la tierra, odiaba el saludo que me ofrecía el espejo, rechazaba mi cuerpo y me atosigaba con reproches sin compasión. Pero salí a la calle y allí me encontré con el anciano de las piernas enfermas; con la chica rubia que todos miraban con ojos burlones; con la mirada del apuesto joven que, contra su voluntad y expectativas, me había transmitido sus debilidades ocultas... Todos ellos despertaron mi respeto y ternura por la humanidad y deseé poder evocar yo también ese sentimiento a algún paseante anónimo. Una vez más, me había dado cuenta de que en el Universo existen millones de personas diferentes, no por más hermosos o menos, mejores ni peores, todas merecedoras del mismo sol que brilla, de la misma lluvia que refresca la tierra y de la misma energía que despierta los corazones. De una u otra forma comprendí, que una vez más, ninguno de mis estúpidos complejos podían ya tener sentido.
El sueño de un agua corriente
Yo no era más que un agua corriente, encerrada en la existencia monótona de una vieja tubería, en una casa deshabitada, medio en ruinas. Mi destino era un suplicio, agonizante y con miedo a acabar envenenada por el olor a cobre oxidado, o devorada por algunos insectos que acunaban a sus crías con mi manto de humedad. Pero... a pesar de mis circunstancias, nunca dejé que el sufrimiento ahogara mis sueños, y utilizaba los bellos recuerdos de tiempos pasados como arma propulsora para alcanzar un futuro mejor. Después de todo, siempre había oído que el éxito era cuestión de actitud.
Me acordaba de esa época brillante en la que rocé el esplendor con el mar Mediterráneo, viendo nacer a sus orillas grandes civilizaciones y sintiéndome recogida en la poesía musical de un importante autor español. Cuando estaba más triste y agotada, retrocedía a cuando era jovencita y trabajé como lágrima, acompañando a muchas personas cuyas victorias, curiosidades, pasiones y locuras, provocaban tantas emociones que no podían contener en el alma. Menos podía olvidar cuando fui Rocío y aunque madrugaba mucho por las mañanas, me daban los buenos días las flores y refrescaba la cara del sol que despertaba. Esos eran buenos tiempos y ahora, ahora no era más que un agua corriente.
Un día que amenazaba con ser como otro cualquiera, descubrí lo que podría ser mi salvación: una pequeña ranura en la tubería. Ya sólo hacía falta conseguir fuerzas suficientes para sublevarme y provocar con mi revolución un salidero mayor. Concentré mis energías y pluff, la retención contenida durante años de inactividad y el sabor de la libertad tan cercana, actuaron de cómplices para alcanzar mi meta. Llegué al suelo de la cocina, lentamente fui encontrando los espacios abiertos… nunca me había sentido tan suelta y empecé a correr con ímpetu, con pasión. Horas después había conseguido traspasar mi primera frontera, la puerta de entrada, ¡¡¡pronto alcanzaría la calle!!!. Una vez en el exterior, vi a lo lejos un charquito que alguien había formado al regar, me acerqué y allí me quedé paralizada, con la felicidad inseguridad que produce conseguir un reto que se ha deseado durante años. Mantuve la calma y al poco tiempo, mi sueño estaba culminado, mi victoria llegaba con la rápida evaporación.
Así fue como llegué a aquella nube, que descargó en un lugar muy curioso de la sierra de Cazorla, dejándome incorporar a un río frío y caudaloso. Estoy fluyendo con él, no sé cómo se llama pero es hermoso, acabo de dejar a mi derecha una torre que parece dorada, y otra mucho más alta que se ve a lo lejos, con una veleta de bronce en su parte superior. Al frente veo el puente más hermoso que nunca haya atravesado, y un barrio muy castizo. Soy realmente feliz. He conseguido mi sueño!!!
jueves, 24 de diciembre de 2009
450 EUROS
Todo parecía normal ese lunes de marzo. Los despertadores sonaban en todas las casas de la ciudad aniquilando los sueños y acabando con la diversión y relajación del fin de semana. La gente bostezaba con exagerada intensidad. Codazos en el metro, caras de malhumor… También en mi lugar de trabajo todo parecía como de costumbre. La mayoría de mis compañeros se saludaban con los ojos medio cerrados y se escuchaban extraños silencios tras las puertas de los despachos por los que pasaba.
La normalidad empezó a extinguirse cuando me dispuse a iniciar la primera actividad de los lunes, el repaso a toda la prensa del fin de semana, y llamé a Fermín, el chico de los recados. “No está. No ha venido” Me contestó una voz detrás del teléfono. “Estará resfriado, pensé”, medio normal en estas fechas. No había nadie que supiera dónde estaban los periódicos, así que me puse a responder la correspondencia, redacté cartas, las franqueé y me di cuenta de que un par de ellas tenían que llegar a su destino con carácter urgente antes que finalizara la jornada laboral. Fermín!!! Fermín no estaba. ¿Quién podía hacer esos envíos? La verdad es que yo, la Jefa del Departamento de Relaciones Externas de una multinacional tan conocida, no sabía solucionar dos detalles tan pequeños e insignificantes, que estaban por arruinar mi mañana. Reflexioné por un momento y advertí que en los diez años que llevaba ocupando ese puesto, Fermín no había faltado ni un sólo día. Tal vez me tenía mal acostumbrada…
Estaba empezando a cabrearme por la ausencia de ese chico tímido y siempre callado, cuando dos toques secos golpearon la puerta de acceso a mi despacho. “Adelante”, alcé la voz. Detrás, divisé el rostro blanquecino y hundido de Felipe Arduán, el Jefe de Personal. “Fermín ha muerto” pronunció, “al parecer un trágico accidente”.
“No tenían arnés de protección. El andamio se desestabilizó y el pobre perdió el equilibrio”. La voz de su viuda, una joven chica que había envejecido veinte años en menos de doce horas, intentaba relatarnos el trágico suceso. “¿Andamio? ¿Qué hacía Fermín en un andamio?", expresé con extrañeza.
“¿No lo sabían? Cuando alguien le ofrecía la oportunidad, trabajaba por las tardes en la construcción. Quique, nuestro hijo tiene una grave enfermedad, necesita medicinas muy caras, y yo no puedo trabajar, tengo que estar con él. No teníamos suficiente con el salario de la oficina”.
En ese momento, me ausenté de la sala dos del tanatorio en la que nos encontrábamos. No oía a esa pobre mujer, no escuchaba los llantos de los familiares cercanos, sólo veía la serie de imágenes que pasaban por mi cabeza con una rapidez incontrolable, como secuencias de películas que alguien estuviera rebobinando a gran velocidad. Vi a Fermín sentado frente a mí, en mi despacho, pidiéndome una subida de sueldo, que intentara interceder por él ante los superiores. Y vi mi respuesta, mi reacción de: “Es imposible. La empresa pasa por malos momentos y todos están como tú, todos queréis más”. Vi a Fermín pidiendo que le ampliáramos la jornada. “No puede ser Fermín, tu trabajo se hace perfectamente en cinco horas, la empresa no puede permitirse pagarte más por quien sabe qué funciones nos inventaríamos”. Sentí una especie de odio repulsivo hacia mi actitud de jefa prepotente e insensible en todos esos momentos en los que una persona desesperada, había venido a mi despacho buscando ayuda. ¿Por qué no me habría contado lo de la enfermedad de su hijo? Me di a mí misma la respuesta, ¿le había ofrecido yo confianza para que me contara alguna intimidad? Empecé a llorar con el llanto amargo que sabe a culpabilidad, remordimiento de saber que alguien como yo, educada por mis padres en una sólida escala de valores, había sucumbido ante la sociedad capitalista que domina todas las esferas.
“Gracias Señora. Ha sido un detalle venir al entierro, una mujer de su categoría, con la de cosas que tendrá que hacer” Nunca he olvidado en mi vida el abrazo que me dio Victoria al despedirme, desprendió calidez verdadera, agradecimiento auténtico, ambos atribuibles únicamente a alguien con la humildad y la calidad personal que tiene la mujer más luchadora y valiente que jamás haya conocido. ¿Gracias a mí? Si casi me sentía culpable indirecta de esa muerte.
En las semanas siguientes, todo fue un desastre. Me di cuenta que el “chico de los recados” había cumplido durante más de diez años un papel esencial en esa empresa, imprescindible para los éxitos, para las operaciones que engordaban nuestra cartera, la cartera de los jefes. Intentando solventar mis errores del pasado, indagué algo más sobre la vida de ese compañero que nos había dejado para siempre. Su nómina más alta era de 450 euros. 450 euros para cuidar a su hijo, 450 euros para alimentar a su esposa, 450 euros que le llevaron a matarse en un andamio. Desde ese lunes de marzo que empezó con total normalidad, las cosas nunca fueron iguales.
Cristina Fuentes, la Jefa de Relaciones Externas, estaba a punto de concluir cuando la emoción entrecortó sus palabras. El público que asistía, asistíamos a ese V acto conmemorativo de la muerte de Fermín Castro, se puso en pie para aplaudir las palabras pronunciadas en tal conmovedor discurso. No pudo contenerse más y sucumbió ante la emoción, tuvo que bajar del estrado y ocupar un puesto en una mesa.
Desde aquel lunes diferente, Cristina comenzó a mover los hilos para iniciar una nueva filosofía de personal y de comunicación interna dentro de la empresa. Desde entonces, en relación directa con el Departamento de Recursos Humanos, un equipo de psicólogos intenta llevar un seguimiento de cerca de los casos particulares de cada trabajador. Ellos actúan de intermediarios cuando tenemos que pedir algo, valoran nuestros casos y elaboran un informe detallado que acompaña siempre nuestras peticiones a la Dirección. Parece mentira, pero los resultados de la empresa han crecido notablemente, salimos en prensa especializada continuamente, ocupando los mejores rankings de resultados económicos y de Responsabilidad Social. Desde mi humilde punto de vista, creo que hemos ganado todos, nosotros los empleados estamos más motivados y ellos, lo que nos pagan de más e invierten en cuidarnos, se lo ahorran en publicidad.
Cristina pasó de ser la “Señorita Rottenmayer” como todos la llamábamos, a ser una persona sensible, buena profesional y admirada por todos. El hijo de Fermín se recupera favorablemente tras una operación en Estados Unidos. Aunque nadie lo sabe a ciencia cierta, yo sé que se la pagó Cristina de su bolsillo. Ahora, Victoria y Cristina son buenas amigas y, aunque ocupan puestos muy diferentes en la escala fijada por la sociedad, se quieren, admiran y enseñan mutuamente.
Berta
GÉISER DE DOLOR
Estaba sola contra un universo complicado para el cual no me prepararon debidamente. En ocasiones rozaba la locura; los gritos me sacaban de quicio, esos golpes… No lo aguantaba. La desesperación empezaba a emanar de los poros de mi piel con la fuerza y el misterio del vapor en un géiser. Quería llorar y no sabía. No encontraba escape para la intensidad de mi dolor. Caminaba incontrolada, dando patadas al vacío, retaba al mismo aire que me daba la vida.
¡¡Desesperada!! ¡¡Sola!! Sin un atisbo de calor humano o apoyo. Te llamé y no querías hacerme caso. ¿Cuál es tu criterio? ¿Cómo eliges a quién llevar contigo?
Esa mañana lo sabía. No te escaparías más. En un momento de enajenación total apreté todos los músculos de mi cuerpo, clavé las uñas en mi piel al cerrar los puños con una fuerza sobrenatural, cerré los ojos y te invoqué con el conjuro de quien lo tiene todo perdido. Una caída hacia el vacío. El tiempo detenido en millones de clichés de una vida acabada. Una conciencia interrumpida. El sabor dosificado de una muerte deseada. Una corriente helada recorriendo a la par de mi sangre casi detenida. Un pálpito irregular gobernando un cuerpo inerte....Y cuando estaba a punto de beber el dulce elixir que llevaba años buscando en ti, algo amortiguó la caída. Me volviste la cara, me abandonaste. Otro duro envite de la vida, quizá el peor.
No siento nada, a veces consigo entreabrir los ojos y lo que diviso me devuelve las ganas de suplicarte que, de una vez por todas, me ayudes a cerrarlos y acabar para siempre con este géiser de dolor.
miércoles, 23 de diciembre de 2009
LA VENGANZA DE LA REALIDAD
No podía pegar ojo. ¡Qué extraña sensación, joder! ¿Qué coño me pasa? Me tengo que levantar más temprano que de costumbre, esa maldita reunión con el jodido Valentín y no he descansado ni un segundo.
Miguel no estaba acostumbrado a tener insomnio. Bueno, la verdad es que Miguel no estaba acostumbrado a nada más que a su falsa vida llena de satisfacciones baratas.
“¡Inés, joder! ¿No escuchas que la niña está llorando?” “Ve tú de una maldita vez, yo también tengo derecho a descansar una noche”. “¿Descansar tú, para qué? No tienes bastante con estar todo el día viendo novelas y dando paseitos con las maris del barrio?“ ”Eres un cerdo hijo de puta hasta de madrugada” vomitó Inés mientras se levantaba resignada a asistir al bebé. Miguel se dio la vuelta y se aisló de los insultos que porfiaba su compañera colocando la almohada sobre su cabeza.
Intentó cerrar los ojos y pensar en Lucía, esa chica joven cuya sonrisa emanaba el elixir contra la pasión desierta de su matrimonio. Pero extrañamente, Lucía no aparecía en su mente como siempre, espléndida y sonriente sugiriéndole fantasías reales. Esta vez, Lucía lo miraba con desprecio, seria, y se iba de la mano con un chico alto, guapo y más joven que él. “Él me quiere de verdad, Miguel, estoy cansada de ser siempre la amante, de tus mentiras, de tus falsas promesas. Púdrete. Púdrete, púdrete, púdrete, púdrete”
Miguel se dio la vuelta en la cama intentado sacudir su mente de esa palabra repetitiva que le martilleaba, y se encontró con Inés que acababa de llegar de dormir a la pequeña. “Púdrete” le gritó. Mientras ella cogía el cojín que usaba de almohada individual, con una serenidad aplomante y angustiosa le dijo: “hoy duermo yo en el salón pero mañana te quiero fuera de esta casa. No soporto más tus desprecios, tus insultos. Púdrete”
Miguel estaba bloqueado. ¿Qué estaba pasando? Ese día había sido como otro cualquiera e incluso cuando se metió en la cama, después de cenar con la familia, todo parecía normal. ¿Qué era toda aquella situación repentina? ¡Ah sí!, sería un sueño, una pesadilla, no tenía más remedio que ser eso.
Pero esta hipótesis falló cuando Inés retiró la manta polar y el frío hizo que se erizara cada esquina de su piel. Ese frío era absolutamente real, no podía ser un sueño… Miguel se sentía fatal, empezó a tiritar con todo el cuerpo encogido pero no sentía fuerzas para levantarse a coger algo con que taparse.
Cerró los ojos de nuevo y esta vez vio una señora mayor, sentada en una butaca que se mecía a un ritmo descompasado que probablemente marcaba su propio corazón. Un corazón angustiado por un llanto desconsolador que emitía amargamente, con ansiedad y una respiración entrecortada. Miguel sintió pena, compasión… “Demonios!!!” Definitivamente algo debía ir mal porque Miguel no había sentido algo así desde hacía siglos…
Dio una vuelta. Y otra vuelta. Y otra, pero la señora no desaparecía de su pensamiento. Es más, por su cabeza pasaban distintas imágenes de ella en diversos momentos: mientras cocinaba y lloraba, mientras ahogaba un llanto amargo bajo el sonido de la ducha, refugiando las lágrimas bajo una almohada con la funda empapada… “No!!!! No puede ser!!!” Gritó Miguel. “¿Qué coño está pasando?” Miguel había reconocido de pronto la cara de su madre en todas las imágenes. Su madre que lloraba quizá por todos los desplantes que él le había hecho, por su egoísmo, su olvido, su indiferencia… Intentó acercarle una mano, ofrecerle un gesto de consuelo que ya había olvidado cómo hacer, pero ella le retiró el brazo despreciándolo. Sí, Miguel presenció cómo su propia madre lo rechazaba. “Púdrete Miguel, púdrete”
Cada vez tenía más frío. Abrió los ojos y vio su reflejo en el espejo del vestidor. Daba auténtica pena. El figurín, el niñito guapo, el playboy del barrio, el jefe déspota y conquistador, el amante incansable, aparecía allí con unas piernas delgadísimas al descubierto y con un cuerpo helado por el sudor frío.
Entonces fue cuando Miguel recordó una frase que hacía años había leído en un periódico. Una frase corta. Una frase sencilla. Una frase simple pero densa. Una frase que cautivó toda su atención impidiéndole seguir adelante en la lectura. Una frase que sacudió su conciencia por entonces aún existente. Una frase que le pareció un tipo de profecía, de maldición pero que por supuesto, desoyó e ignoró totalmente. “Toda realidad que se ignora, prepara su venganza”. Sí, esa era la frase.
Y ahora entendía por qué aquel día hace años esa frase le revolvió por completo, esa frase era la profecía cumplida. Después de años de pisotear, menospreciar, subyugar, olvidar, mentir, etc., después de años de hacer con la realidad lo que le venía en ganas, de manipularla a su antojo para salir airoso, de cambiarla según los deseos que en él aparecían, después de largos años de ser el amo y señor de su Universo, la realidad había decidido vengarse.
UNA FRÁGIL LÍNEA
Hacía mucho frío. Demasiado frío. No había nada que permitiera aislarme de tanto frío.
No sabía dónde ir. No tenía con quien ir. Comencé a andar. La calle terminó y creo que no sabía dar la vuelta. Recorrí el mismo tramo, la misma distancia, por lo menos quince veces. Mis movimientos eran compulsivos, guiados por la histeria. Me giré y salí a la avenida principal. Debían ser más de las tres de la madrugada. Llovía, llovía mucho y hacía mucho frío. Un frío desolador.
Seguí caminando y llegué a un gran edificio blanco coronado por grandes puntos de luz. Era muy grande, un edificio muy muy grande. Olía a tristeza. Olía a enfermedad. Olía a sufrimiento. Una vez más aquella maldita cruz roja. Empecé a recorrer la manzana sin quitarle la vista de encima. Miraba las ventanas por las que asomaba un rastro de luz. Trataba de imaginar la situación que allí se viviría. Gritos, dolor, desesperación. La piel se me erizaba y continuaba caminando. En la séptima planta vi alguien asomado. Era una mujer delgada, muy delgada, muy muy delgada. Y blanca, su rostro carecía de un atisbo del color que define a los vivos. Le saludé con la mano, pero sus ojos, perdidos en un horizonte desconocido, no hicieron muestra de advertir mi gesto.
Seguí caminando, daba pasos grandes, descompasados, arrítmicos. ¿Se encontraría allí dentro? Entrar o no entrar era la gran decisión. La decisión que podría cambiar mi destino. A lo lejos vi las luces azules. ¿Venían a por mí? Las bajas nubes y mi cansancio soporífero me impedían ver con definición las siluetas que bajaron del coche. Intenté esconderme en los contenedores. Olía mal, pero el aroma de la inmundicia era más suave que aquél que me había convertido en esa piltrafa humana.
Una valla. Una pared. Un cristal. No había más de por medio. Una línea, una frágil y fina línea. Una cuerda de equilibrio inestable, un pie mal cruzado, un giro indebido y pasaría de un estado a otro.
Escuché pasos muy cerca. “Por aquí no hay nada. Falsa alarma, sube al coche que te vas a resfriar”. Y oí cómo los pasos se alejaban. Ellos volvían a su coche, su emisora, su jornada de trabajo y yo tenía que resolver mi difícil decisión: cruzar la línea, probar a pisar en el sitio correcto de la cuerda, entrar, buscarla, oler de nuevo ese olor: dejar de ser yo para siempre.
Berta
LAZOS FIRMES
Unas manos. La piel, bastante oscura. Las uñas, a pesar de los cortes deformes, mostraban una higiene bien cuidada. Los dedos, no muy largos, eran gruesos y un anillo sencillo de plata parecía asfixiar el angular. Los nudillos se plegaban en protuberancias frondosas de carne, y se divisaban vellos oscuros por todos los pliegues. El color de las yemas de los dedos delataba una más que probable afición al tabaco, quizás ya abandonada, quizás aún presente.
Así vistas, no eran más que unas simples manos.
Pero esas manos sostenían otras. Unas manos aún más pequeñas, con dedos finos y uñas rosas. Una mano en la que un anillo igual al que asfixiaba el dedo oscuro, danzaba con libertad. Estas manos hablaban de trabajo, trabajo duro en el hogar o quizás en el campo, ¡quien sabría! Se podían ver las marcas de sequedad que dejan la lejía y los detergentes, se observaba un esmalte algo desgastado, algunos cortes cicatrizados....
Así vistas, podían ser unas manos cualquiera.
Pero esas cuatro manos llamaron mi atención por la intensidad con que se entrelazaban y el especial lenguaje con el que parecían comunicarse. Hasta ahora había visto ojos riendo, sonrisas gritando, pero jamás había presenciado una manas que hablaran. Parecían ser independientes de sus dueños, quienes estaban atónitos contemplando el espectáculo. No se miraban, no se sonreían, sus cinco sentidos atentos al escenario, pero sólo mirando la unión de las manos podía entenderse la satisfacción que experimentaban ante un evento de esa importancia que venía a nuestra ciudad; se adivinaba la alegría que sentían por poder vivirlo juntos, el valor de compartirla, de reconocer el apoyo mutuo...
Sí. Aquellos dedos estrechamente unidos formaban unos bonitos lazos. Unos lazos firmes que ¡¡evocaban tantas cosas!! Lazos capaces de acunar el cuerpecito recién nacido de un nuevo ser, lazos para sostener el saco de lágrimas que a veces se esconde tras el pecho, lazos que la primera vez que te rozan un pedacito de piel te encadenan a ellos de por vida. Y sí, aquellas manos que tenía a mi lado eran ese tipo de lazos firmes.
Entonces noté que algo tocaba mi mano. Era una piel muy fina y suave que trataba de llamar mi atención con absoluta frialdad. ¿Qué miras de esa forma? ¿No te da vergüenza ser tan descarada? Me susurró al oído. Fue ahí cuando advertí que una vez más, mi capacidad de observación estaba a punto de dejarme en apuros. “Perdón”, le dije a mi novio, entrelazando mis largos dedos entre los suyos. Y el espectáculo se había ya acabado para mí. Estaba centrada, obsesionada en que mi mano escuchara algo de la suya, pero no sentía nada. Le acaricié y le apreté fuerte hasta que me dijo: ¿Se puede saber qué te pasa con tantos cariñitos? ¿Te ha bajado la regla?
Retiré mi mano sumida en la peor soledad que existe, y mientras lágrimas discretas salaban la comisura de mis labios, pensé cómo desatarme definitivamente de esos lazos frágiles que no servían para nada, más que para cegarme. Ya no aguantaría más, tenía que creer que como aquella pareja vecina, también yo algún día encontraría quien sostendría mi alma con unos lazos firmes.
Berta
UN BRINDIS CON ESENCIA DE MUJER
Enrique Castañeda se había convertido en ese tipo de científicos que trasladan su hogar al laboratorio, impulsado por una auténtica pasión por la investigación y los descubrimientos. "Llevas meses sin salir... tu aspecto ha empeorado considerablemente...me preocupa tu salud... ¡Te recojo a las once! y tómatelo como una orden porque no estoy dispuesto a admitir un no por respuesta".
"Mierda! Mi cita con Edu!", eran las once menos diez y Castañeda se acababa de dar cuenta que había olvidado la llamada de Eduardo esa misma mañana. Esta vez no podía decepcionarle, era sin duda la única persona que había estado ahí en cada momento malo de los muchos sufridos durante su separación. Mientras se desabrochaba la bata blanca, marcó el teléfono y con un leve tinte humorístico se excusó, "Lo siento tío, he estado sumido en un ensayo que puede cambiar el curso de la humanidad", ambos rieron, "me doy una ducha rápida y nos vemos en una hora en el Sincity, jodido liante".
Pasaba media noche, era un local pequeño con decoración coqueta, se sentaron en la barra huyendo de las románticas mesitas de mimbre, adornadas por velas encendidas. Sonaban de fondo melodías de los años sesenta que recordaron a Enrique esos momentos en que conoció el amor en las caricias de Inés, la mujer con la que había compartido veinte años. Se quedó absorto en el recuerdo...
"Quique, joder!! Despabila! Si con esa cara de pasmado quieres ligar, la llevas clara!" El científico vino en sí soltando una carcajada, se retiró el flequillo canoso de la frente y al girar suavemente la cabeza para mirar a su amigo, vio una larga melena negra con ondas que parecían dibujadas. Eduardo hablaba de que tenía que superar la depresión, que en la vida había algo más que el trabajo, que todos los problemas tenían solución... pero Enrique no le oía, había quedado atrapado en el sendero que comenzando en el hermoso cabello, atravesaba un rostro moreno con ojos negros y brillantes, y terminaba en unas piernas deliciosamente torneadas que casi ocultaban la minifalda roja. Le ilusionó y extrañó que la chica se encontrara sola, en ese tipo de bar en una ciudad como Barcelona. "¿Qué te pasa ahora, bicho raro? Ni siquiera me estás prestando atención. Tienes que cambiar de aires, conocer a alguien, volver a amar... Necesitas chispa!" Enrique reaccionó rápidamente, esbozó la mejor de sus sonrisas a modo de disculpa, alzó su copa y la hizo chocar con la de ese "santo" que siempre le había demostrado un amor incondicional. "¡Por la pasión!" Y dio un trago, que endulzó el sabor amargo que había acumulado en sus largos meses de encierro.
Presintiendo que había una causa detrás de ese brindis espontáneo y con mucho disimulo, Eduardo tiró un pañuelo del bolsillo, se agachó para recogerlo y se topó con las piernas de mujer más bonitas que había visto en muchos años. Recuperó su posición lentamente, recorriendo con los ojos el mismo camino que su compañero había descubierto hacía unos minutos. Sin duda alguna, esa mujer desbordaba una sensualidad extenuante, suspiró y levantando su copa con gesto pícaro dijo: "Por la pasión perfumada de esencia de mujer". La seca mirada de Eduardo se inundó de luz, su triste expresión cambió, guiñó un ojo y dijo: "Te quiero viejo lobo, nadie jamás ha sabido comprenderme como tú" y dejó su taburete caminando hacia la chica, que años después sabríamos, cambiaría el curso de su vida.
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