Frases célebres

lunes, 7 de noviembre de 2011

Amigos


–¿Otra vez esa cara? ¿Qué piensas ahora? –preguntó Javier, bastante acostumbrado a aquella expresión.

Dani estaba cabizbajo, con la mirada perdida.


–Estoy harto, tío. Otra vez uno de estos días en los que el dolor te martillea sin descanso... ¿Sabes a qué me refiero? No te pasa nada concreto, pero al mismo tiempo duele, y el desconsuelo crece y aumenta cuantas menos razones encuentras para su existencia...

» Sé que es fugaz... No dura tanto... Un día te despiertas y de nuevo están las ganas, la ilusión de empezar... y todo vuelve a ser normal, entonces, ¿no es inútil tanta aflicción? Y si lo es, ¿acaso resta eso intensidad al sentimiento?...

» A veces me asusto pensando que una desgracia mayor me ayudaría a poner las cosas en su sitio, darle su justa medida..., como si quisiera que algo malo ocurriera...

–Vamos a ver, Daniel –Javier siempre pronunciaba su nombre completo cuando le hablaba tan en serio–, tienes que pensar en positivo, ya sabes eso que dicen: “todo sucede por alguna razón”.

–Pero ¿qué coño me estás diciendo? No me vengas tú también con esas. ¿Para qué demonios sirve esto? Yo sé que las dificultades ayudan a superarnos, que nada es fácil, ¿cómo no voy a saberlo si nunca lo ha sido para mí? Pero esto es diferente... esto machaca, martillea mi jodida cabeza y no consigo econtrar la salida... Te juro que lo daría todo por sentirme por un minuto tranquilo, en paz conmigo mismo, por que se encendiera una linternita y me alumbrara el camino...

–Las luces no se encienden porque sí, chaval, somos nosotros los que pulsamos el dichoso botoncito... ¿Que no sabes dónde está? En eso consiste el juego, tío. Yo siempre estaré aquí para ayudarte a buscarlo.

Javier sonrió con esa preciosa expresión que tienen las personas carismáticas, aquellas que naturalmente ven lo positivo en cualquier situación, los buenos amigos de sus amigos...

Dani lo miró y sintió un profundo afecto. Siempre que se encontraba tan mal, tenerle cerca..., aunque no hablaran, aliviaba enormemente su dolor, ¡le quería, vaya si le quería...! Aunque eso nunca se lo había dicho, ni se lo diría, ¿hacía falta?

Le dio una palmada en el hombro amagando un abrazo y sin mediar palabra se dirigieron al bar de Antonio. Cuando se tomaran ese par de botellines, el dolor sería algo más leve, aunque eso Dani jamás lo reconocería, ¡tenía que mantener aquella imagen de bohemio pesimista! Después de todo, solo él sabía en qué consistía aquel dolor apasionado, que no lo era menos por ser fugaz...

Gracias por la foto a la galería de Mavi (Flickr).

lunes, 24 de octubre de 2011

La escritura como terapia (II)

Como apuntaba al final de la entrada anterior, a lo largo de la historia, muchos profesionales de la psicología y la literatura han puesto de manifiesto la importancia de la palabra y sus diversas indicaciones para aumentar el beneficio físico y mental.

Freud decía que podían eliminarse las alteraciones patológicas de la mente a través de las palabras y gracias a esta idea otorgaba a las palabras un poder mágico, una magia suavizada.

El gran novelista David Foster Wallace decía: “¿Cómo voy a saber lo que pienso antes de decirlo?”.

El poeta argentino Juan Gelman sostiene: “El no saber sabiendo es la característica de la poesía. El poeta se sorprende de lo que escribe y se entera de lo que le pasa leyendo lo que escribe”.

James W. Pennebaker (University of Texas, Austin) ha dedicado gran parte de su carrera como investigador al estudio de las relaciones entre la expresividad y la salud, concluyendo que convertir las experiencias en palabras es sumamente conveniente para la salud y la estabilidad afectiva. A la pregunta “¿Por qué escribir sobre las experiencias traumáticas mejora la salud?” afirma Pennebaker: “Una respuesta importante es de tipo cognitivo. Las personas piensan de manera distinta después de escribir sobre los traumas. Al traducir las experiencias al lenguaje humano comienzan a organizar y estructurar las que parecen ser infinitas facetas de los hechos apabullantes”.

Para este investigador, una de las características más importantes de la escritura es su poder catártico, es decir, la manera en que facilita la expresión de las emociones. Escribir:

- Aclara la mente.
- Resuelve traumas que interfieren en nuestras vidas.
- Ayuda a adquirir y retener información nueva.
- Ayuda a resolver problemas.

En posteriores entradas me detendré a explicar los resultados de los experimentos realizados en este sentido.

Ziley Mora Penroz (Chile), escritor, etnógrafo, educador y filósofo, consultor independiente en Procesos Humanos, es creador, además, de la disciplina denominada “ontoescritura”. Se trata de una propuesta de desarrollo del “ser” a través de la dimensión terapéutico-espistemológica que posee particularmente la escritura autobiográfica. “La realidad que somos termina siendo el resultado de una narración, un relato subjetivo. La manera como escribimos nuestra biografía es lo que la determina. Somos hijos de nuestros sueños, de nuestros deseos o de nuestros temores”.

Para terminar, copio a continuación una entrevista realizada al escritor argentino Jorge Luis Borges en 1993:


[ ] - ¿No sufre de insomnio?

- He sufrido mucho de insomnio y he escrito un cuento que refleja eso.

- Por eso le preguntaba. Pensaba en "Funes el memorioso".

- Ese cuento voy a contarle un detalle que quizá pueda interesarle. Yo padecía mucho de insomnio. Me acostaba y empezaba a imaginar. Me imaginaba la pieza, los libros en los estantes, los muebles, los patios. El jardín de la quinta de Adrogué esto era en Adrogué. Imaginaba los eucaliptos, la verja, las diversas casas del pueblo, mi cuerpo tendido en la oscuridad. Y no podía dormir. De allí salió la idea de un individuo que tuviera una memoria infinita, que estuviera abrumado por su memoria, no pudiera olvidarse de nada, y por consiguiente no pudiera dormirse. Pienso en una frase común, " recordarse", que es porque uno se olvidó de uno mismo y al despertarse se recuerda. Y ahora viene un detalle casi psicoanalítico, cuando yo escribí ese cuento se me acabó el insomnio. Como si hubiera encontrado un símbolo adecuado para el insomnio y me liberara de él mediante ese cuento.

- Como si el escribir el cuento hubiera tenido una consecuencia terapéutica.

- Sí.


¿Os parece interesante este tema? Si la respuesta es afirmativa se agradece que me ayudéis a difundir la entrada, si no, cualquier comentario, sugerencia, crítica..., serán bien acogidas. ¡Gracias por leerme!

La escritura como terapia (I)

Voy a comenzar esta serie de entradas tratando de expresar, con la intensidad y matices que me sea posible, qué ha supuesto y supone para mí la escritura y por qué creo en su eficacia como terapia. Para ello he tenido que superar el miedo y las reservas que me impiden desvelar hasta los aspectos más livianos de mi intimidad, pero en esta ocasión ¡creo que el objetivo merece la pena!

Desde muy pequeña encontré en la escritura un entretenimiento, tendría apenas nueve años cuando creé mi primera “novela”, El fantasma del castillo de Flaherty, inspirada en mis libros preferidos, de la colección Los cinco.

Más tarde llegó la adolescencia y la agitación propia de esa etapa siempre encontraba en hojas de papel, fuera cual fuera su formato, el lugar donde recoger las emociones desbordadas que no cabían en el pecho, tan inmaduro aún. Fueron muchos los diarios, los papeles en sucio, ¡hasta las servilletas!, que rellené por entonces tratando de entender qué me sucedía, intentando conocerme, desahogando los intensos arrebatos emocionales, buscando la razón de ese profundo descontento, confesando sentimientos secretos... Puede parecer exagerado, pero hoy sé que no sería la adulta que soy si no hubiera convertido a la escritura en mi mejor aliada durante aquella convulsa época.

Fui creciendo y llegó la madurez, el trabajo, los viajes... Nunca me faltó un cuaderno en un trayecto en un tren, en un avión, apretando fuertemente mis manos para calmarme cuando no había nadie cercano que aplacara los temores, ante las nuevas vivencias, los retos... Poco a poco las palabras fueron convirtiéndose también en la forma en la que me ganaba la vida y hacia ellas fui orientando mi carrera.

En una época más serena, con menos que desahogar pero más decisiones que tomar, la escritura fue el mejor medio para ordenar mis pensamientos, cristalizar mis deseos, decidir mis objetivos, organizar mis acciones, en definitiva, ponerle fecha a mis sueños...

Y muchos años después volvió la creatividad de la niñez y comencé a jugar con las palabras, inventando mundos imaginarios donde a veces me refugiaba, fotografiando almas, recogiendo experiencias, denunciando injusticias...

¡Benditas palabras! Basta repasar aquellas destacadas en negrita para extraer una síntesis de cuáles son las múltiples aplicaciones que le encuentro a la escritura. ¿Entonces, por qué no defender las posibilidades terapeúticas de algo que a mí me ha concecido tan valiosísimos beneficios?

Pero claro, habrá quien esté pensando que no se puede defender un tema así guiándose por una experiencia personal. ¡Por supuesto que no! Nada más lejos de mi intención, por eso a partir de ahora voy a hacer una introducción teórica, un resumen de la opinión de muchos profesionales que han puesto de manifiesto la importancia de la palabra y sus diversas indicaciones para aumentar el beneficio físico y mental. Si te interesa el tema, sigue leyendo “La escritura como terapia (II)”. Y no olvides que ¡esta página se alimenta de tus comentarios! ¡Gracias por leerme!

lunes, 17 de octubre de 2011

Un poquito de tolerancia, ¡por favor!

He leído algo en mi muro de Facebook que me ha causado un enorme fastidio. Vamos, que estoy muy pero que muy cabreada, y un poco indignada (por usar una palabra trending topic). No hay demasiadas cosas que me provoquen estas sensaciones, pero sin duda siempre lo consiguen la falta de respeto, los insultos y la radicalidad (ya vayan juntos o cada uno por su lado).

Trato de venirme abajo pensando que cada cual se retrata como lo que es y que, quizá, en el pecado lleve la penitencia..., pero ni por esas consigo quitarme ese malestar originado, una vez más, por la intolerancia.

¿Por qué necesitas insultar para sostener tus ideas? ¿Tan claro tienes que por defender aquello en lo que crees, inmaterial y etéreo, merece la pena pisar a quien discrepa de ello? ¿Por qué temes tanto a la pluralidad y la variedad, no piensas que en ellas está la riqueza? Si hasta los mejores intelectuales dudan cada día de aquello que aprenden y se despiertan dispuestos a desaprender para volver a empezar, ¿tanta seguridad tienes de estar en la posición correcta? Verdaderamente no lo entiendo. Me da pena, y también rabia...

La tolerancia surge en mí de una forma natural (afortunada yo por la educación que me han dado). Me encantan los debates, me enriquecen y crezco con la diversidad, pero cuando advierto que alguien tiene que aplastar, desprestigiar, machacar, manipular, mentir, tergiversar... para hacer valer sus creencias, veo esfumarse la fuerza de los argumentos y, entonces, con la misma intensidad natural, dejo de respetar.

La cultura..., el conocimiento..., el saber... ¡favorecen la tolerancia!; el viajar abre la mente, la lectura aumenta la cultura y no hay saber sin conocimientos. Así que, antes de insultar o agredir para salir triunfante, reflexiona un poquitín, lee, haz un viaje..., pero a mí y a los que tratamos de vivir tranquilos sin ofender a nadie, ¡déjanos en paz, haz el favor!

Ahora que las palabras han efectuado su efecto terapéutico y se han desanudado parte de las emociones que me oprimían, ¡ya no estoy enfadada!, solo me queda la pena, tristeza de saber que mañana volverás a insultar, pesadumbre porque de nuevo intentarás mancharlo todo con tu ira, desasosiego que solo la mediocridad puede producirme...

viernes, 15 de julio de 2011

PARA "LA ELEGANCIA DEL ERIZO"

Siempre me gustó la belleza oculta bajo la apariencia tosca y áspera de ciertas púas… Me apasiona el hallazgo de ese “lugar” donde uno puede ser quien es, así como la idea de encontrar “el escondite ideal” donde refugiarse de tanta mediocridad, falsedad, hipocresía…

Y ahora, gracias a Paloma, Renée y el señor Kakuro Ozu, revivo muchas de las reflexiones y pensamientos que yo misma he rumiado. ¡Qué grandes personajes! De mayor, Paloma, quiero ser como tú –sí, paradójicamente, sé que tienes once años–, contagiarme de tu integridad absoluta, tu profundidad magnánima… ¿Sabes? A mí también me asusta el destino grabado en la frente, pero ¡no! Siempre podemos hacer algo para cambiar lo que somos, lo que tenemos, tú solita lo descubrirás… Nunca te arrepentirás de elegir el “camino difícil”, de mirar de frente a la vida, de romper con lo que de ti se espera… ¡Eres fantástica!


René, ¡cuánto has sufrido! Pareces contener tú solita el dolor de todas esas injusticias y diferencias que han obcecado a tantas generaciones, empeñadas en distinguirnos, por dinero, posición, edad, lugar de nacimiento… ¡Vaya con lo que te deparaba el destino! Al menos, aunque siempre ocultándote,supiste encontrar tu lugar, como te dijo Paloma, hasta que llegó quien sí supo mirarte y ver lo que existía tras tu apariencia…: ¡elegancia de la buena!

¡Oh! ¡Misterioso vecino!, ¡qué agradable tu presencia! ¡Qué bonito hogar el tuyo! Todo tan sencillo, ordenado, práctico y diáfano…, pero extremadamente confortable. ¡Me encanta lo que representas! Esa capacidad de interesarte de verdad por las personas, superando el egocentrismo que a veces nos secuestra en la dichosa pecera, la cual Paloma tanto teme y trata de evitar hasta con su drástico plan... Y como ella misma pronto descubrió, emanas “educación” y “clase”, entendiendo por estas la capacidad para hacer sentir al otro que “está ahí”. ¡Cuánto escasean tus nobles maneras!

Cuánto daría por comerme con vosotros tres uno de esos dulces que prepara Manuela…; ver una película en la sala de cine de Kakuro; charlar… y esponjarme con vuestra extenuante cultura sobre la literatura rusa, el cine japonés y el arte pictórico…

Me habéis hecho pasar unos días geniales y, sobre todo, volver a reflexionar sobre lo que nunca se debe olvidar… Infinitas gracias a vuestra creadora, intentaré leerte más, Muriel Barbery.

viernes, 8 de julio de 2011

El abrazo del agua

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Contemplaba el río, a veces tranquilo, pausado su fluir, otras, en cambio, agitado por un viento que predecía mareas, que anunciaba lluvia de hojas sobre nuestras cabezas...

Observaba un agua expuesta a la naturaleza, a lo que quisieran hacer con ella los fenómenos atmosféricos, sin poder saber al amanecer cuál sería su estado cuando el sol se durmiera.

Me acercaba al agua e intentaba atraparla con mis manos, pero se escabullía burlona, como la amada que siente certeza del amor que le profesan y juega, a huir, sin perder lo que desea.

Reflexionaba sobre el ciclo del agua. La evaporación que la hace desaparecer, para cargar una gran nube y volver a iniciar su andadura. Si el agua pudiera sentir..., ¡qué sensación atraparían sus ficticias entrañas al sentirse llamada a un no sé qué desconocido, al sentir que deja de ser sin saber qué va a pasar, sin conocer que no es más que una parada para recuperar fuerzas y recomenzar!

Y mientas, pensaba también sobre la felicidad. Un estado, como el río, existiendo para fluir constantemente, para desembocar en el mar donde todo acaba. Cuando está quieta y serena nos refresca, incluso a veces llega a limpiarnos, arrastrar hojarascas e invadirnos de pureza. Pero no sabemos nunca cuánto tiempo se mantendrá. ¡Sí! Su fluir es constante... desaparece, evaporada hacia el abismo, dejándonos la incertidumbre de qué vendrá, qué nuevo ciclo tendremos que iniciar, expuestos, sin control a lo que la naturaleza nos pide.

Una vez, hace ya tiempo, también yo experimenté una gran felicidad. El bienestar me inundaba y desbordaba constantemente. Era tan alto el nivel que me costaba tocar el suelo con los pies y temía perder el equilibrio. Creí tenerlo todo, creí poder atraparla y convencido de mi suerte, un estúpido día estiré mis extremidades dispuesto a dar el abrazo intenso que pretende acaparar lo que se quiere. Pero cuanta más fuerza entregaba en el abrazo, con mayor rapidez se escapaba cuanto tenía. ¡Sí! Una vez más cambió la marea, llegó el revuelo, todo volvió a transformarse y sentía que también yo, inevitablemente, me iba allá donde el viento quería.

Aquel día supe que era inútil pretender darle un abrazo al agua.


Berta Carmona (escrito en 2005)

viernes, 29 de abril de 2011

Origami

Sí, lo confieso, otra vez he convertido las palabras en hojas de papel y tras horas trabajando me ha salido un avioncito. Lo lancé a volar y me metí en él de un salto. Lo siento, en días como hoy no me quedaba otra escapatoria.

Ilustración: Leila Flores http://www.flickr.com/photos/leila1007/with/3523533962/