Frases célebres

martes, 25 de enero de 2011

Un país llamado felicidad

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Hace mucho, mucho tiempo, existía un país llamado Felicidad.

En el país Felicidad reinaba la Actitud Positiva, que había establecido un sistema de gobierno muy preciso, apoyado en una constitución que recibía el nombre de Valores, y estructurado en diferentes niveles, cada uno de los cuales tenía adjudicadas ciertas funciones que debía ejecutar sobre el nivel inmediatamente posterior.

Así, la Actitud dictaba órdenes basadas en Valores y en el optimismo a la corte de los pensamientos, quienes cultivados en la sabiduría y la filosofía, y haciendo uso de la justicia, llamaban inmediatamente a los sentimientos positivos. Estos trabajaban siempre unidos con las emociones positivas, y ordenaban directamente sobre el comportamiento, situado en el nivel inferior, donde se llevaba a cabo el trabajo duro.

El índice de visitantes amigos que recibía el país Felicidad era de los mayores conocidos jamás, atraídos por el buen servicio ofrecido con generosidad, altruismo, amistad, amor…, y por el intenso sol de la ilusión, que contagiaba fácilmente a quien allí se acercaba. En el país Felicidad no existían fronteras ni controles, todo el mundo podía acceder para disfrutar del bienestar de este lugar idílico.

Sin embargo, el infortunio hizo que en una ocasión, quienes parecían turistas atraídos por los muchos encantos de Felicidad, resultaran ser invasores que trajeron consigo la tragedia, matando ilusiones y aniquilando pensamientos positivos. Fue así como la Actitud Negativa se hizo con el poder y obligó a los pensamientos a ser injustos, creando emociones llenas de ira, rabia y tristeza, y convirtiendo todo comportamiento en despótico y cruel.

El sol dejó de brillar, el verde intenso se secó y el país Tristeza se llenó de fronteras inútiles porque ya nadie quería entrar. De este modo fue aislándose y quedándose solo, rodeado por muros de mezquindad y amargura. Y así fue como la actitud negativa cambió la historia de un país llamado Felicidad…














El hechizo de la palabra

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Cuenta una vieja leyenda mitológica, que en el principio de los tiempos, los dioses estaban observando al hombre y advirtieron que el hombre estaba lleno de cosas buenas: poder para pensar y comprender la realidad de forma racional, posibilidad de amar y experimentar emociones y sentimientos, capacidad de espiritualidad que le permitía reconocer su parte de divinidad, etc. Pero observando y observando, se dieron cuenta que todo esto maravilloso que admiraban en el hombre se encontraba en su interior, en lo más profundo, y era difícil que lo compartieran con quienes convivían. Entonces los dioses se pusieron a experimentar, un poco de aquí, un poco de allá, y recurriendo a sus fórmulas mágicas y poderes divinos descubrieron un conjuro mágico, un hechizo que permitiría a los hombres sacar al exterior todo lo que eran: el hechizo de la palabra.

De este modo, la palabra adquirió poder para determinar la realidad y recibió también un poder de comunicación infinito: comunicación de sentimientos, de conocimiento, de emociones… y así la palabra fue capaz de expresar desde el odio más acérrimo hasta el amor más absoluto, de la simpatía más afable al rencor más despreciable..., ayudando al hombre a desahogar su sufrimiento. Y la palabra permitió a los hombres expresarse, vivir en grupo e instaurar los principios de una sociedad. Y más tarde descubrieron la palabra escrita, y con el paso de los siglos y los avances experimentados, se consiguieron métodos maravillosos para la difusión, y entonces la palabra adquirió también el poder de transformar la cultura. Y aparecieron unos objetos, llenos de palabras, que permitieron al hombre descubrir mundos que nunca hubiera conocido de otro modo y refugiarse en la fantasía y la imaginación de una realidad que no era la suya, y fue así como los libros permitieron al hombre llegar a fuentes de conocimiento que, gracias a la magia de la palabra, se habían conservado desde el principio de los tiempos.

Y la palabra transformó el amor y la amistad, porque el amor necesita a la palabra, y así los enamorados se hechizaron por esta y empezaron a necesitar continuamente oír un "te quiero". Y se refugiaron en las cartas y las largas horas de conversación y muchos en poemas que, aunque a veces torpes desde su percepción literaria, resumían sentimientos maravillosos.

Pero el hechizo de la palabra no podía ser perfecto en sí mismo, y los dioses dejaron a la elección del hombre la forma de utilización. Y hubo quien permitió que los sentimientos negativos la secuestraran, lanzando con ellas puñales de odio, armas peligrosas que hacían heridas incurables. Y hubo quien aprendió el arte de la manipulación a través de la palabra, y creaban realidades falsas que intentaban hacer creer a los demás, distorsionando percepciones y dañando corazones.

Y la palabra, que había sido dotada con una fuerza irresistible para transmitir ideales, fue usada por muchos humanistas, predicadores y profetas, que difundieron valores llenos de amor, paz y esperanza. Pero llegaron los políticos corruptos y los gobernantes tiranos y utilizaron la palabra para sembrar en masas ingentes de población ideales perniciosos que impulsaban a guerras absurdas, matanzas atroces y actos de terrorismo que repartían sangre y muerte sin discriminación.

Esta historia sobre el hechizo de la palabra, me la regaló mi fiel amigo y compañero, Javier, en el verano del 86. Él insistió en que se tropezó con un papel en la que estaba escrita, un día que venía de jugar al baloncesto y que desde entonces no pudo dejar de amar la palabra. Decía que la historia parecía contener un hechizo capaz de transformar a quien la leía. Yo nunca me lo creí, pero la verdad es que Javier se hizo periodista, preside una asociación para la ética en el periodismo y triunfó como escritor con varios bestsellers traducidos en diferentes idiomas, muchos de ellos relacionados con temas de “comunicación y poder”. Él verdaderamente amaba la palabra.

El pastel de la amistad

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INGREDIENTES: autoconocimiento, carácter sólido, sencillez, nobleza, paciencia, generosidad, comprensión, respeto, capacidad de entrega, disposición a la escucha, amabilidad, solidaridad y amor, mucho amor.

DIFICULTAD: alta. La elaboración es muy difícil, en ocasiones sólo salen bien una o dos recetas a lo largo de una vida de elaboración.

TIEMPO DE COCCIÓN: toda una vida.

HABILIDADES: constancia, esfuerzo y voluntad.

MEDIOS TÉCNICOS: un corazón enorme, el más grande que se pueda conseguir.

Asegúrese de tener siempre a mano una buena base de amor. Mucho antes de querer consumir este pastel, debe conseguirse una masa perfecta entre el carácter sólido y el autoconocimiento y dejarla fermentar hasta que tenga buena consistencia. A continuación se prepara una crema homogénea con todos los ingredientes antes detallados: la generosidad, la escucha, la entrega, la amabilidad, solidaridad, etc. El pastel se va formando a capas: masa base en el fondo, relleno de crema y capa de amor, así cuantas veces sea necesario para completar el molde. Aderezar con una pizca de simpatía y humor.

Una vez preparado, dejar cocer en el corazón a fuego lento. La cocción de la amistad nunca es demasiada y su preparación no tiene fin. Intente cortarlo en las porciones más grandes que le sean posible, para que llegue al máximo de comensales, pero siempre use un criterio justo y sabio para su distribución. Nada más, ¡a disfrutar!, un pastel de la amistad bien elaborado deja uno de los sabores más dulces que se puedan experimentar en la vida.

miércoles, 19 de enero de 2011

Comentario del libro "Perros negros" de Ian Mc Ewan

La obra Perros negros, de Ian Mc Ewan, me ha ido decepcionando conforme me acercaba al final. Considero que el hilo conductor no es firme, no está suficientemente bien organizada y, en algunos momentos, genera confusión. El episodio de los “perros negros” me sabe a poco: en mi opinión le falta intensidad, fuerza (tratándose del hecho que da nombre al libro), además, su narración no justifica el cambio de creencias de June, aun entendiendo la fuerte carga simbólica que posee. El autor se mueve continuamente hacia atrás y adelante desconcertando al lector.

Pero a mí, que me gusta el autor y su estilo, me compensa el valor del tema principal, independientemente de cómo esté tratado, y es que él por sí sólo tiene la capacidad suficiente para provocar emociones: cómo una pareja que se ama es capaz de superponer una ideología a sus profundos sentimientos. Algo tan inmaterial como una idea, tan voluble, que no se puede ver, ni tocar, pero lleva a los hombres a luchar, matar y transformarse, aun sin recordar ya aquello que la originó, o habiéndose convertido en algo completamente diferente.

Para algunos amigos y conocidos, esta obra plantea superficialmente las ideologías del siglo XX, pero esto no lo considero un fallo, sino un estilo de escritura que deja a los lectores la capacidad de interpretar, ampliar, concluir... A mí personalmente me gusta el estilo de Ian Mc Ewan, aunque prefiero, y este sí os lo recomiendo, la lectura de Chesil Beach.

Comentario del libro "Sabor a Canela"

Sabor a canela, de José Carlos Carmona. Este libro no me ha gustado. Tras la maravillosa experiencia de lectura de Sabor a chocolate, una historia preciosa, contada con un estilo sorprendente (breve, conciso y suficientemente claro), que desborda sensibilidad, amor y una inolvidable lección de paciencia, Sabor a canela me deja indiferente. Encuentro en él una repetición de recursos, de ese estilo tan característico del primer libro, que aunque sigue gustando, ya no sorprende. Y además, en esta novela, no va acompañado, ni justificado por su tema principal, que para mí, carece de fuerza. Aunque el reto de la protagonista podría ser interesante y apunta a una situación histórica en la que domina el machismo y la diferencia de oportunidades por cuestión de sexo; el enfoque, quizá por la excesiva simplificación, no llega a conmoverme, ni siquiera a despertarme emociones intensas. Como aspectos positivos, destacaría los apuntes literarios en muchos de los capítulos, mencionando libros importantes y relacionándolos con el episodio, destacando parte de su argumento o valor. También, la lectura fácil y las correspondencias inesperadas de lo que pueden parecer, al principio, hechos fortuitos, engancha al lector a descubrir el fin, que en mi opinión, no cierra convenientemente el círculo, dejando ganas de más.

lunes, 25 de octubre de 2010

Gotas de lluvia

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El cielo estaba negro, las nubes tan apelmazadas que apenas dejaban pasar un rayo de sol, y yo estaba sentado en mi viejo sillón, en mi apacible casa de campo, navegando por el mar de mis recuerdos. Empezó a llover y parecía que todo el agua del planeta se hubiera concentrado frente a mi ventana, cayendo sin cesar, durante horas, de forma torrencial.

Siempre me gustaron los días lluviosos por la capacidad que tenían de liberar toda mi sensibilidad y ayudarme a percibir los más bellos detalles de la existencia. Y así, dejé sobre la mesa el viejo libro que siempre releía y me concentré en disfrutar la caída de la lluvia en mi cristal.

Pasaron horas, pero creo que no fui consciente del tiempo, no al menos hasta que la lluvia paró  y el cielo empezó a transformarse en mil colores. Apareció el arcoiris con su fórmula mágica que siempre sorprende, y la claridad de algunas nubes que venían formaba un paisaje bellísimo de diferentes tonalidades.

Hacía ya más de media hora que no había caído ni una gota de agua y entonces fue cuando la vi a ella, se deslizaba temerosa y frágilmente, quizá con miedo a llegar cuando todas las demás se habían ido; quizá con recelo a parecer diferente, aparecer por separado, tal vez, con preocupación de no haber llegado a tiempo. De esta forma, sin haber avisado previamente, fue recorriendo lentamente su camino, alcanzando su meta bastante después que las demás. Tal vez ella se creía distinta, incluso peor, pero sin embargo para mí fue la más especial, la que me dio la posibilidad de pensar en la esencia del agua, en su recorrido... ¿De dónde había salido esa gota tardía? ¿De una teja mal situada en el techo de la casa? ¿Del tambor de la persiana, quizá? ¿Del marco de la ventana? Cuando la vi, estaba concentrada en un solo lugar, quieta, inmóvil, tal vez estuvo a punto de arrepentirse de continuar su recorrido, sólo tuvo que pararse y esperar a que la fuerza del sol la consumiera, pero decidió seguir y dividirse en minúsculas partes que trazaron un hermoso trayecto irregular ante mis ojos.

De repente, en esa sencilla observación de la naturaleza fue cuando surgió en mí una extraña sensación de arrepentimiento. Toda la vida intentando caminar con rapidez, acompañado de la mayoría, del grupo, preocupado por la velocidad, por alcanzar pronto las metas. Toda la vida atosigado por la torrencialidad de los hechos. Nunca me atreví a hacer nada que se saliera de la norma, no quería ser diferente, y ahora, en un detalle tan simple como la caída de una gota de agua, me daba cuenta de que precisamente lo diferente era lo especial. Advertí que quien rompía los esquemas habituales se hacía más importante a los ojos de quien observa. Aprendí o quizá comprendí lo que aprendí hacía años, en unos pocos minutos, que la magia de la vida, como en el arcoiris, se produce cuando se unen dos fenómenos muy contrarios. Yo, que nunca me había arrepentido de nada de lo que había hecho, me arrepentí de pronto del sinfín de cosas que había dejado de hacer.

Entonces supe que tal vez tenía que haber usado más ropa de colores, probado más sabores exóticos y olido flores en primavera. Entendí que tendría que haber disfrutado más de la música, liberado mis sentidos ante ella y haber dejado bailar a mi espíritu al ritmo de mis pies. Supe que cada vez que me había dejado llevar por la inmovilidad de la rutina, había dejado morir una parte de mí, porque estar muerto es estar quieto y vivir es todo lo contrario. Me di cuenta de que tendría que haber decorado las paredes de mi casa y mi despacho con más alegría, que debía haber dejado de veranear cuarenta años en el mismo pueblo playero y haber conocido más maravillas del mundo, más lugares escondidos en los que la mano de la Naturaleza talló sus mejores obras de arte.

Es curioso todo lo que he descubierto por la caída de la lluvia frente a mi viejo sofá.

Foto compartida bajo licencia de Creative Commons, gracias a la galería de flickr de anieto2k

Los gritos del dolor

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Desgarrador, agudo, pavoroso... Eran las siete de la mañana, casi todos dormían acunados por el silencio y de pronto se oyó un grito, desgarrador, agudo, pavoroso..., que me abrió de par en par las puertas al abismo.

No sabía de qué se trataba, ni siquiera de qué lugar exacto procedía aquel terrorífico sonido, pero entró por mis oídos haciendo añicos mi parte más sensible.
¿Qué se escondería tras ese grito? Dolor desesperado ante la enfermedad, vacío tras alguna pérdida importante, frustración, desesperación, anhelos, amor no correspondido... ¡Sufrimiento, en definitiva!

Pasaba ya la madrugada y volví a escuchar ese sonido. Esta vez conocía su procedencia, había sólo una pared de por medio, una pared que separaba mi llanto amargo, silencioso,  sofocado en un pañuelo, de aquel quejido inconsolable. Era un hospital desolador, viejo, pequeños insectos recorrían las paredes… La había perdido para siempre, ya nunca más vería aquel rostro blanquecino y escuálido ruborizarse al caer la tarde, o sonreír tímidamente, como ella lo hacía... Pero ¿y ese grito? ¿Qué escondería ese grito? Quise no saber más, después de todo, mi pecho apenas contenía mi dolor, ¿cómo hacerme cargo de lo ajeno?

¡Cuántos gritos de dolor pasan desapercibidos! A veces se amortiguan tras los muros, a veces rebotan en puertas, fronteras de tierra, estrechos trozos de mar o de océano. A veces nos basta con girar un poco la espalda, mirar hacia otro lado, quizá un poco de música, volumen alto y el grito se desvanece con el mismo ímpetu que se inició. A veces el lamento ni siquiera llega a oírse, bien porque quien desea expresar el sufrimiento ha aprendido a callarlo, bien porque grita sin voz.